LA «NEOFASCISTA» O «POSFASCISTA» GIORGIA MELONI NO REPRESENTA NINGUNA AMENAZA PARA LA OLIGARQUÍA. Meloni de Italia se considera una firme partidaria de Israel. Los medios de comunicación corporativos occidentales siguen representando la comedia de una presunta amenaza fascista, pero esa inquietud es pura invención, teatro y fraude. En Italia, Giorgia Meloni encarna al deep State que controla bajo mano la política italiana y europea desde el final de la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo nuestras «democracias» en puras piruetas circenses de salseo, reparto de cargos, negocios privados ilegales, ajustes estructurales de servicios públicos y poco más. Sin soberanía nacional no puede existir democracia y la política real se decide en los despachos financieros y en las logias masónicas de la oligarquía sionista, jamás en los parlamentos nacionales. Pero Italia, España y Alemania dejaron de ser países soberanos hace ya mucho tiempo. La política en Europa —excepción hecha de Rusia, última nación europea soberana— es un mero mercado para chanchullos de lobby porque el poder político está en otra parte. Las relaciones del poder internas redúcense a economía negra, bien lejos de la genuina política que expresa el poder popular de una nación (democracia = poder del pueblo), por cuanto los políticos son conscientes de que no mandan y deben aprovechar sus mandatos sólo para enriquecerse saqueando el erario público y haciendo favores a los poderes económicos que más tarde les recompensarán. Francia perdió su soberanía con la muerte política de De Gaulle, quien cayó derrocado por EEUU tras la primera revolución de colores orquestada por el Pentágono en nuestro continente (mayo del 68). La gloriosa República fue enterrada en cuanto entidad política soberana el 3 de enero de 1973, cuando el Estado francés renunció motu proprio a su potestad de producir dinero (poder regaliano). Dicha prerrogativa fue obsequiada gratis a la banca privada por el pseudo gaullista Georges Pompidou, títere de los Rothschild. Tras el intermedio de François Mitterrand, un verdadero patriota (y colaboracionista de Vichy) que intentó expropiar a los Rothschild y expulsarlos del poder, las veleidades nacionalistas francesas fueron extirpadas de raíz. Las exequias de la fallecida Francia se celebraron bajo el mandato del judío Nicolás Sarkozy, serpiente venenosa sionista que enterró a la ex nación gala, hoy ya en franco estado de descomposición, en el mismo cementerio simbólico que el resto de los Estados europeos continentales (el Reino Unido amerita un análisis propio sobre su estatus político dentro de Occidente). Ocioso parece hablar de Alemania, gran potencia económica pero nulidad política y militar que, gracias a la guerra de Ucrania orquestada a tal efecto, camina hogaño hacia el desmantelamiento industrial. No otro destino deparaba Asquenaz al peligroso competidor comercial de los EEUU que Berlín había sido hasta la fecha. Los políticos neoliberales alemanes, marionetas de la oligarquía, han traicionado una vez más a «su» (¿?) pueblo actuando en calidad de vasallos: siempre contra los interses nacionales alemanes y europeos (Alemania es o era, además, no lo olvidemos, el motor económico de la UE). Así las cosas, Meloni tampoco va a dar la sorpresa. Meloni es una Salvini 2.0. Si existe un lugar en Europa donde el deep State oligárquico aliado haya dejado su huella criminal con mayor nitidez, ése es precisamente Italia.

GLADIO O LAS ATROCIDADES DE LA OTAN CONTRA LA CIUDADANÍA EUROPEA

EL NEOFASCISMO COMO NEGACIÓN INTEGRAL DEL FASCISMO HISTÓRICO

La ultra Meloni condena el fascismo y niega una deriva antidemocrática en Italia.

Las dos caras de Meloni: condena ahora el fascismo tras exponer su ideario de ultraderecha junto a Vox.

Giorgia Meloni hace un discurso condenando el fascismo mientras la izquierda se une para intentar derrotarla en las elecciones.

¡Qué poca memoria! ¿Ya se ha olvidado qué sucedió con Gianfranco Fini, el «neofascista» que, oliendo la proximidad de las ubres del poder, identificó el fascismo con el «mal absoluto» y se postró ante Israel, es decir, ante el Vaticano judío de la oligarquía financiera sionista mundial?

Gianfranco Fini, el ex fascista que reniega de Mussolini.

Y es verdad de que hace ya tiempo que existen pruebas que documentan la transición de Fini del postfascismo más recalcitrante al moderado centro-derecha democrático. La más rotunda data de 2003, cuando durante una visita a Israel declaró que las leyes raciales de Mussolini fueron «el mal absoluto».

Fuente (26 de marzo de 2009): https://www.elmundo.es/elmundo/2009/03/26/cronicasdesdeeuropa/1238044785.html

Compárese esta forma de actuar con la de François Mitterrand, un político que no rendía cuentas a Gladio porque era un verdadero criptofascista y, por tanto, podía lucir como legítima la adulterada etiqueta de socialista (de hecho, para ser más exactos, de nacionalsocialista):

El barón de Rothschild se manifiesta en contra de las nacionalizaciones francesas

El barón Guy de Rothschild se pronunció contra las nacionalizaciones bancarias emprendidas por el Gobierno socialista francés en una entrevista. que ayer publicó el diario Le Matin, de tendencia socialista, según informa Efe desde París. Para el representante de esta mítica familia, él ha sido «judío con Pétain y paria con Mitterrand», subrayando que «cuando se ataca a los judíos, los Rothschild reciben un golpe. Cuando se ataca a los capitalistas o los banqueros, los Rothschíld son también golpeados»,
Según el célebre banquero, ser un «paria» equivale a «ser excluido de mi profesión» a consecuencia del proceso nacionalizador emprendido por los socialistas galos y que afecta a la Banca Rothschild. «Francia derrumbó dos veces el edificio Rothschild», comenta, al referirse a las restricciones impuestas a la entidad por el Gobierno Pétain en 1940.
Sin embargo, reconoce que no existe «ningún vínculo político, económico o moral» entre la situación de entonces y la actual.
Su planteamiento es que los bancos nacionales vivían «en un terreno de competencia con sus homólogos privados» y, al desaparecer tal competencia, la industria sale perdiendo, pero Rothschild no cree que «el antisemitismo latente y potencial de ciertos franceses» se valga de sus actuales declaraciones para sacar punta a que el banquero que más ataca las nacionalizaciones sea «un banquero judío», dando a entender que no valora a aquellos que sobreentienden el adjetivo «judío» tras el lema «capitalismo cosmopolita».
Pero de lo que se queja el barón no es de haberse arruinado, sino de haberse quedado sin profesión, al menos sin la actividad más importante de su profesión. A los 72 años, se lamenta: «Si tuviera cincuenta años menos podría tratar de montar un negocio en un oficio del que no conociera nada, que me obligara a aprenderlo todo».
Por su parte, el semanario Le Canard Enchaîné afirma, en el número puesto ayer a la venta, que los Rothschild, temiendo la victoria socialista en Francia, «pusieron al abrigo lo esencial» al otro lado del Atlántico. El barón Edmond, según esta revista, compró el Bank of California, mientras el barón Guy «desarrollaba las actividades de su New Court Securities, que transformó, en Nueva York, en un verdadero banco». «Edmond dirige el banco privado en Ginebra y Guy administra en Londres la compañía Río Tinto, mientras que otros miembros de la familia desempeñan también actividades bancarias o financieras».

Fuente (19 de noviembre de 1981): https://elpais.com/diario/1981/11/19/economia/374972415_850215.html

LA GLADIO MEDIÁTICA, EL EXPEDIENTE ROYUELA Y EL CASO VILLAREJO

No debería extrañar mucho, por tanto, el colaboracionismo de François Mitterrand en la Segunda Guerra Mundial, que el artículo trascrito se olvida de señalar, a pesar de que existe una flagrante consistencia entre la política financiera de Pétain y las nacionalizaciones de Miterrand. Pétain admiraba a Hitler precisamente porque el mariscal era consciente de las amenazas oligárquicas que pesaban sobre la nación francesa. Felón no lo fue Pétain, como lo han sido, en realidad, con la excepción casi única de Charles de Gaulle y François Mitterrand, todos los políticos de la Europa ocupada por los EEUU. Naciones que, después de «ganar» la guerra en el bando aliado occidental, tuvieron que renunciar a sus colonias —entregadas, ojo, no a la independencia, sino al neocolonialismo estadounidense y ahora temen por su supervivencia pura y simple en medio de oleadas masivas de inmigración africana. En consecuencia, Pétain preservó la integridad étnica, social y cultural de una Francia europea bajo hegemonía alemana (que ya quisiéramos los europeos actuales), mientras Pompidou, Sarkozy, Hollande o Macron, criadas à tout faire de los Rothschild y de otros clanes de la oligarquía financiera, no han dejado nunca de actuar como agresores globalistas contra los intereses del pueblo francés. La prensa oligárquica, por supuesto, asevera lo contrario:

Deportaciones y antisemitismo: la verdad tras Pétain, el traidor francés que admiraba a Hitler.

DEMOCRACIA NO SIGNIFICA ELECCIONES Y VOTOS, SINO PODER DEL PUEBLO

¿QUIÉN ES FASCISTA?

Fascismo, fascista. Si nos alejamos de las apariencias emanadas de la etiqueta —significante— para adentrarnos en el fondo del asunto —significado—, la líder neofascista Giorgia Meloni nada tiene que ver ideológicamente hablando con el verdadero fascismo, el fascismo histórico, a saber: 1/ un «socialismo nacional» (incompatible con el neoliberalismo); 2/ un ultranacionalismo (incompatible con el universalismo cristiano). Forma parte Meloni del sector de desertores ex fascistas que traicionaron a su país para salvar el pellejo tras la derrota militar —siendo así que no supieron morir con honor en el frente— y pagaron el precio de su perdón colaborando con el ocupante estadounidense y británico en calidad de terroristas mercenarios anticomunistas. Estamos hablando de asesinos a sueldo que masacraban al propio pueblo italiano con el fin de imputar esos mismos atentados a formaciones políticas de izquierdas (comunistas, socialistas y anarquistas) y manipular acto seguido a la opinión pública («estrategia de la tensión»). Todo ello a efectos de obstaculizar la formación de un gobierno italiano que se habría opuesto, como Mitterrand y Pétain, al gran capital. Por el contrario, en tanto que matones de la oligarquía financiera sionista, los falsos neofascistas perpetraron el peor crimen que en el imaginario ideológico fascista quepa concebir. Giorgia Meloni pertenece al grupo de la misma canalla abyecta que empezó a suplantar el fascismo de un partido de izquierda nacional como lo fue el fascista originario de Mussolini, por un partido de extrema derecha ultracatólica y neoliberal, el M.S.I. de Giorgio Almirante, vendido a la CIA y los «mercados financieros». De estas atrocidades tampoco se salvan supuestos disidentes fascistas «auténticos», por ejemplo el inefable Pino Rauti (un agente de la CIA) y su Fiamma Tricolore. La derecha democristiana, la masonería (Propaganda Due), la mafia y el catolicismo italianos (Vaticano incluido) han sido los principales factores socio-culturales internos a la hora de abortar la posibilidad histórica de que el fascismo se liberara de aquellas cadenas de la OTAN cargadas fervorosamente en las espaldas de Italia por creyentes ultra-cristianos anti-comunistas fanáticos de la posguerra como Licio Gelli.

Meloni, al igual que Gelli, Rauti, Della Chiae, Almirante, Fini, Salvini y tantos otros títeres del deep State, significa más de lo mismo, derecha vulgar atlantista, un nuevo episodio de ese neofascismo que nos forzaría a declararnos antifascistas —como ya sugirió en su momento Ramiro Ledesma Ramos, fundador del fascismo nacional-revolucionario español— toda vez que el llamado «neofascismo» muéstrase incapaz de redimirse de esta herencia vergonzosa remachada hasta la náusea por la propaganda mediática del sistema oligárquico. El neofascismo es ya inseparable, en calidad de sicario para las tareas más abyectas, de ese dispositivo sionista mundial de dominación y exterminio de pueblos que quiere al fascismo abducido en la extrema derecha judeo-cristiana precisamente porque el fascismo revolucionario nacional-socialista es el único movimiento político de la historia cuya finalidad expresa consiste, dicho sea brevemente, en el exterminio institucional e incluso físico de la oligarquía financiera. A los ojos de los oligarcas, la mejor estrategia a largo plazo para combatir el fascismo pasa por falsear su esencia desde dentro y utilizarlo, al objeto de destruir definitivamente su reputación, en operaciones mediáticas orquestadas por la propia oligarquía. Fechorías que lo desacrediten todavía más, si cabe —tras décadas de propaganda adversa y diabolizadora— ante la opinión pública occidental. Es el caso de payasos ridículos pseudo fascistas o fascistoides como Donald Trump, Bolsonaro y Boris Johnson. Es el caso de Santiago Abascal. También, de Giorgia Meloni. No son fascistas. El verdadero fascismo todavía espera su segunda oportunidad, será antagónico (anti-neofascista) respecto de la extrema derecha y surgirá de las entrañas de una renovada izquierda nacional. Mientras tanto, es menester no dejarse engañar.

Figueres, la Marca Hispànica, 29 de septiembre de 2022.

¿ES ESPAÑA UNA NACIÓN SOBERANA?

Principios, normas y valores de esta publicación

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