LAS IDEAS RELIGIOSAS Y POLÍTICAS DE LA OLIGARQUÍA FINANCIERA: UN TEMA TABÚ. Resultan harto infrecuentes, excepto casos anecdóticos, los banqueros privados de ideología comunista. Éstos poco pueden confundirse con los dispuestos a financiar, por los motivos que fuere, a un político comunista. El hecho de donar dinero a alguien no significa, de forma forzosa, que el donante comparta las ideas del beneficiario. Podría el espónsor, en efecto, actuar por motivos estrictamente personales (ayudar a alguien) o estar interesado en promover algún aspecto concreto y circunstancial de su proyecto que en ese instante considerase tácticamente útil para fines completamente distintos a los del receptor. Por ejemplo, ¿quién no conoce la historieta de Jacob Schiff, banquero judío neoyorkino de Kuhn, Loeb & Co. que presuntamente financió al también judío Lev Davidovich Bronstein, alias León Trotsky? ¿Sería necesariamente comunista Jacob Schiff en el supuesto de que efectivamente hubiera entregado a Trotsky aquellos famosos 10.000 dólares? ¿O más bien habría pretendido contribuir al derrocamiento del Zar —objetivo político propugnado por los bolcheviques— como medio para acabar con el antisemitismo de la monarquía rusa y sus periódicos pógromos? ¿Era comunista entonces el Kaiser —alemán— que financió a Lenin con otra finalidad diferente a Schiff, a saber, la oposición bolchevique a la «guerra imperialista» que podía liberar militarmente el frente oriental del II Reich? Circunstancia que, sin embargo, pasaba también por el derrocamiento del Zar. ¿Y si fue Alemania la que financió a Trotsky utilizando como intermediarios a inmigrantes alemanes de ideología socialista que vivían en Nueva York? Recordemos que la socialdemocracia alemana, para decepción de muchos revolucionarios internacionalistas y «pacifistas», había apoyado los presupuestos y empréstitos de guerra. La leyenda de una financiación bancaria judía del comunismo, cuya perla de gran precio es el «caso Schiff», procede al parecer de un «rumor» propalado por la inteligencia militar estadounidense (cfr. Kenneth D. Ackermann: Trotsky in New York, 1917: A Radical on the Eve of Revolution, Counterpoint, 2016), recelosa ante posibilidad de que los judíos desencadenaran una «revolución bolchevique» en los EEUU… Así las cosas, el argumento «financiado por y, por consiguiente, de la misma ideología o proyecto que…» es lógicamente falaz. Pese a lo cual, se acostumbra a aceptar como prueba para desacreditar al adversario (no tanto cuando el adversario la utiliza contra uno, claro: en ese caso el perjudicado «ignora» o minimiza olímpicamente la importancia del dato por considerar absurda la conclusión). Ahora bien, una vez refutado el sofisma, las pseudo teorías sobre el financiamiento del nacionalsocialismo o del comunismo por Wall Street se caen por su propio peso. De ahí el nuevo dogma, tan incongruente como el anterior, que declara irrelevante el tema como factor explicativo de la ideología del mecenas. Porque, en efecto, como hemos dicho, no existe una relación necesaria entre la ideología de la persona o institución que financia y la ideología de la persona o institución financiada, pero sí puede haberla y hay que analizar, con pruebas y argumentos, caso por caso. En la actualidad, la ideología de la oligarquía financiera es motivo de fradue intelectual debido a razones obvias. Conocer la ideología del oligarca significa comprender sus planes, los cuales, a tenor de su naturaleza criminal, deben ser ocultados o, al menos, disimulados, y objeto de la mayor confusión posible. En el mejor de los casos, los críticos de la crisis económica y de las atrocidades oligárquicas pretenden que los banqueros, inversores y demás delincuentes con corbata carecen de ideología, por cuanto su única motivación sería ganar a la mayor brevedad tanto dinero como les sea posible. Falso. ¡El capitalismo es también una ideología! En realidad, los investigadores son reacios a hurgar en el tema de la ideología oligárquica porque descubren cosas incómodas… Hechos incontestables que parecen darle la razón a algunas de las doctrinas supuestamente delirantes de Adolf Hitler, es decir, de quien representaría, para los oligarcas (¿por qué?), la contemporánea encarnación del «mal absoluto». Mientras tanto, la extrema derecha judeo-cristiana, una pata del pulpo oligárquico sionista, sigue hablando de élites progres a efectos de borrar las pistas conducentes a la horrenda verdad.

EL ARTÍCULO DE «THE SUNDAY TIMES» DONDE LLOYD BLANKFEIN ASEVERÓ HACER EL TRABAJO DE DIOS

Primero las fuentes (aunque, obviamente, por muchas fuentes que citemos, Facebook nos bloqueará por spam):

https://www.thetimes.co.uk/article/im-doing-gods-work-meet-mr-goldman-sachs-zflqc78gqs8

Robar, saquear, destruir el 40% de la riqueza mundialEl trabajo de Dios. Por supuesto, estamos hablando de un dios muy concreto que «eligió» a los judíos como «su» pueblo y les prometió, a cambio de su sumisión servil, la hegemonía mundial. Sólo entonces adquiere sentido la aparente humorada de Blankfein. Porque, pese a sus protestas, el CEO de Goldman Sachs, cuyos empleados hacen fiesta los sábados (los calamares vampiros necesitan también descansar), hablaba muy en serio. Para más información, nos remitimos a Max Weber, un clásico de la sociología:

La mejor forma de comprender el problema peculiar del judaísmo desde el punto de vista sociológico y de historia de las religiones es compararlo con el sistema de castas indio. Pues, desde el punto de vista sociológico, ¿qué eran los judíos? Un pueblo paria. (…) Las diferencias respecto a los pueblos paria indios radican en el caso del judaísmo en estas tres importantes circunstancias: 1/ El judaísmo era (o más bien llegó a ser) un pueblo paria en un entorno sin castas. 2/ Las promesas de salvación, en las que se anclaba la separación ritual del judaísmo, eran absolutamente diferentes que las de las castas indias. Para las castas indias… la recompensa de un comportamiento ritualmente correcto, es decir, conforme a la casta, era el ascenso en el curso de los renacimientos dentro del sistema de castas del mundo concebido como algo eterno e inalterable. (…) Para el judío la promesa era absolutamente opuesta: el orden social del mundo estaba transtornado, representaba lo contrario de lo prometido para el futuro y debía volver a verse transtornado, de manera tal que al judaísmo volviera a corresponderle su puesto de pueblo de señores. (…) Todo el comportamiento de los antiguos judíos estaba determinado por esa concepción de una futura revolución social y política conducida por dios. Fuente: Ensayos de sociología de la religión III, Madrid, Taurus, 1988, pp. 19-20. Véase también: Sociología de la religión, Madrid, Istmo, 1997, pp. 441-442. 

Conviene, por tanto, cuestionar la idea, defendida por propagandistas de la ONU como Jean Ziegler, de que los capitostes de la oligarquía financiera actúan como lo hacen por codicia y, en el mejor de los casos, aplicando los preceptos de la ideología neoliberal (cfr.: Jean Ziegler: Los nuevos amos del mundo, Barcelona, Destino, 2002, Cap. III.: «La ideología de los amos», pp. 61 y ss., p. 85). Sería más exacto aseverar que religión, neoliberalismo y codicia no son aquí factores contradictorios, sino complementarios. Sin embargo, es exagerado el tópico de los banqueros exclusivamente judíos: aunque el predominio judío resulta innegable, dentro de la tradición oligárquica se detectan otras religiones, como el cristianismo en su versión evangélica calvinista o puritana anglosajona. También se dan casos —infrecuentes— de importantes entidades bancarias fundadas por católicos e incluso por cristianos antisemitas. Pero, en términos generales, puede hablarse de una oligarquía financiera judeo-cristiana sionista con los Rothschild (judíos sionistas) como matriz y arquetipo para todo el mundo occidental.

ALGUNOS EJEMPLOS CONTRASTADOS DE LA RELIGIÓN OLIGÁRQUICA

Los banqueros e inversores de Occidente acostumbran a ser o judíos o cristianos de observancia protestante, singularmente calvinista. Además de la suiza, la banca anglosajona, predominante en Occidente, es un virus moral que procede de estas dos cepas bíblicas. ¿Son mútuamente hostiles? Lo fueron y, como ya comentamos, hubo incluso banqueros protestantes antisemitas, pero el fenómeno del sionismo cristiano ha permitido relativizar la rivalidad y producir, a la postre, una suerte de sinergia oligárquica cuya máxima expresión es la alianza entre los Rothschild y los Rockefeller. A pesar de la persistente leyenda del Rockefeller judío, los Rockefeller son una estirpe de procedencia alemana y religión protestante (baptista) tempranamente emigrada a los EEUU (1733). La ideología del fundador puede resumirse en la siguiente cita: «El crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto… La bella rosa estadounidense solo puede lograr el máximo de su esplendor y perfume que nos encantan, si sacrificamos a los capullos que crecen en su alrededor. Esto no es una tendencia maligna en los negocios. Es más bien solo la elaboración de una ley de la naturaleza y de una ley de Dios» [Véase Wikipedia: «esta frase fue pronunciada en una conferencia escolar, y está citada en Hofstadter, Richard; 1959; Social Darwinism in American Thought, George Braziller; New York, pág. 45. El texto original en inglés es: The growth of a large business is merely a survival of the fittest…. The American Beauty rose can be produced in the splendor and fragrance which bring cheer to its beholder only by sacrificing the early buds which grow up around it. This is not an evil tendency in business. It is merely the working out of a law of nature and a law of God».] Conviene subrayar aquí las magníficas relaciones extistentes entre los Rockefeller y Henry Ford, editor del clásico antisemita cristiano El judío internacional (1920-1927). Henry Ford era, consecuentemente, santo de la devoción nacionalsocialista, Hitler incluido. Son conocidos, además, los suministros de combustible de la Standard Oil, empresa petrolífera propiedad de los Rockefeller, al Tercer Reich antes de 1941. De ahí a pretender que los nazis operaban como títeres de Wall Street, tesis delirante de Antony Sutton, hay un buen trecho, pero lo cierto es que el mito del Rockefeller judío o sionista no se sostiene. En todo caso, si hubo un clan Rockefeller fordista, éste se evaporó definitivamente, como el propio Ford antisemita, tras la Segunda Guerra Mundial. Período en que comienza el acercamiento entre los Rockefeller y los Rothschild que culminará en 2012 con el pacto citado. Un acontecimiento de dominio público que tampoco se puede negar. Algunos han interpretado este hecho, interesadamente, como el fin de los prejuicios religiosos en la banca, pero la realidad muy distinta: un consenso interconfesional judeo-cristiano entre sionistas judíos y sionistas cristianos donde el «pueblo elegido» pasa a convertirse en algo así como el «pueblo de los ricos» permanece tributario de un prejuicio religioso. En definitiva, no se trata de que todos los judíos sean magnates económicos sino que los superricos —como anticipó Karl Marx— se convierten al judaísmo gentil y al sionismo político. Nuestra fuente es ahora la obra periodística de Marc Roche El banco. Cómo Goldman Sachs dirige el mundo (2011, versión inglesa original de 2010), entre otras que citaremos en su momento.

Según Roche:

La relación entre religión y dinero sigue siendo un cóctel explosivo. «¿Por qué se sigue diciendo de Goldman Sachs que es un banco judío cuando ya no se dice de Rothschild o de Lazard?», suelta un banquero. Los blogs anti-Goldman que proliferan por internet difunden un discurso fuertemente teñido de antisemitismo, pero el problema es que esta clase de actitudes no sólo vienen de la blogosfera. La revista «Rolling Stone», referencia en materia de música y fenómenos sociales, publicó en julio de 2009 un artículo vitriólico exponiendo el papel de Goldman Sachs en casi todas las crisis financieras desde hace más de ochenta años. Su autor, Matt Taibbi, un periodista de investigación del que hablamos hace algunas páginas, describe El Banco como «un formidable pulpo vampiro enroscado a la humanidad, succionando implacablemente allí donde hay dinero». Esta imagen podría salir directamente de un panfleto antisemita, aunque la palabra «judío» no aparezca en ningún momento. El texto circula, por cierto, en todas las páginas web que se hacen eco de una seudorred judío-sionista que dirigiría el establecimiento financiero estadounidense (op. cit., p. 186).

Sin embargo, es un hecho que, con las matizaciones pertinentes sobre su componente cristiana, dicha red judeo-sionista no forma parte de los delirios paranoicos de la gente. Como han demostrado importantes sociólogos nada sospechosos de antisemitismo, la política exterior de los Estados Unidos, primera potencia mundial, está completamente controlada por el lobby judeo-sionista. James Petras, sociólogo de izquierdas de fama mundial, enumera una por una todas las organizaciones que conforman esa red:

Es asimismo un hecho probado que la mayoría de los grandes medios de comunicación son de propiedad judía. Así lo afirma, como poco, el prestigioso sociólogo de izquierdas Johan Galtung:

Evidentemente, si los propietarios de los medios más importantes son judíos, la oligarquía financiera no será, por ejemplo, filipina o búlgara, sino, a su vez, judía. ¿Antójase conspirativa, por tanto, la imagen del pulpo vampiro de Taibbi citada por Roche?

Arriba, imagen de la propaganda nazi sobre el pulpo vampiro de la alta finanza judía. Abajo el calamar vampiro de Matt Taibbi:

Más abajo: caricatura del judío Mark Zuckerberg, CEO de la organización criminal Facebook, imitando supuestamente la propaganda nazi de los años 30 y 40 del siglo pasado. Si esa propaganda era toda ella pura falsedad, manipulación de masas y transtorno mental, ¿por qué vuelve una y otra vez?

LOS BANQUEROS JUDÍOS ALEMANES Y LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Las cosas no resultan, empero, tan sencillas como pretende la propaganda incluso cuando esa propaganda no anda tan desencaminada. La banca estadounidense está repleta de entidades fundadas por judíos alemanes o alemanes inmigrantes a secas (como los Rockefeller), pero no todos estos judíos alemanes eran anti-alemanes. La historia de Goldman Sachs es aleccionadora a este respecto. Según cuenta Roche:

Nacido el 9 de diciembre de 1821, se llama Marcus Goldman y ha atravesado gallardamente el siglo XIX. No ha olvidado el pequeño pueblo de Baviera de donde viene, ni las vicisitudes de los judíos de Europa central, forzados a huír en masa en la primera ola de emigración masiva hacia América por las persecuciones y la miseria, consecuencia de la contrarrevolución conservadora que se abate sobre Baviera y Prusia. (…) Los mejores amigos de los Goldman son los Sachs, también bávaros llegados en 1848. Louise Goldman, la menor de las hijas de Marcus, se casa con Samuel Sachs. En 1882, el corredor se asocia con su yerno, contable de formación, para formar la compañía M. Goldman and Sachs. En 1885, Henry Goldman, uno de los tres hijos de Marcus, se une a la empresa, rebautizada a continuación con el nombre Goldman Sachs & Co., su denominación actual. La rápida expansión de la firma le empuja a atravesar el Atlántico para establecer una empresa conjunta en Londres con una dinastía financiera judía alemana, los Kleinwort (origen del célebre banco Kleinwort-Benson, ya desaparecido). (…) Goldman Sachs no pertenece todavía al círculo mágico de los grandes bancos judíos, una nebulosa fundada por inmigrantes europeos, básicamente alemanes. Kuhn Loeb nace en 1867 y Salomon Brothers en 1910. J. Aron se establece en Nueva Orleans en 1898 (Marc Roche, op. cit., pp. 171 y ss).

También eran judíos alemanes los Rothschild y los fundadores de Lehman Brothers. Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, sin embargo, no todos estos judíos alemanes apoyan a los aliados:

(…) los clanes Goldman y Sachs se pelean. Los primeros apoyan a Alemania y al Imperio austohúngaro, los segundos a los Aliados. Admirador de la disciplina prusiana y de Nietzsche, Henry Goldman, el experto en financiación industrial, se niega en 1915 a participar en una suscripción de un empréstito franco-británico orquestado por la anglófila casa Morgan. Cuando Estados Unidos entra en guerra en abril de 1917, la City de Londres boicotea a Goldman Sachs «la teutona». El Banco de Inglaterra prohíbe a sus socios Kleinwort toda transacción de divisas con el «banco enemigo». / El mismo día en que, por miedo a las represalias, Goldman Sachs participa en la emisión de los Liberty Bonds para financiar el esfuerzo bélico estadounidense, Henry Goldman dimite, llevándose con él su parte de capital. El aporte de la familia Sachs compensará la sangría. Henry Goldman y Sam Sachs no se volverán a dirigir la palabra: los dos clanes no se reconciliarán nunca más (op. cit, pp. 175-176).

La posición de los banqueros judíos alemanes en Alemania tampoco responde a los tópicos germanófobos que acostubran a atribuírseles y que deberían limitarse, en todo caso, a los sionistas, no a los judíos alemanes asimilacionistas que se identificaban con su condición de alemanes. Profundizando un poco más en el tema, hallamos la siguiente anotación de Gilad Atzmon en su obra La identidad errante (Madrid, Disenso, 2012, p. 44, n. 6):

Se atribuye a Jacob Schiff (presidente de Kuhn, Loeb & Company) el haber dado veinte millones de dólares a la revolución bolchevique. Un año después de su muerte, los bolcheviques depositaron más de seiscientos millones de rublos en el banco Kuhn, Loeb & Co («New York Journal American», 3 de febrero de 1949). Se suele asumir que la mudanza del lobby judío de Alemania a Estados Unidos fue producto del ascenso de Hitler, pero se trata de un error. De hecho, el autor israelí Amós Elon (The Pity of All) ofrece una interesante interpretación histórica del tema. Al parecer, en vísperas de la Primera Guerra Mundial operaban en Estados Unidos algunos grupos de presión alemanes. Según parece, destacados judíos germano-norteamericanos protestaron porque Estados Unidos se aliara con Inglaterra y Francia. En una declaración publicada en «The New York Times» el 22 de noviembre de 1914, Jacob H. Schiff, presidente de Kuhn, Loeb & Co (en aquel momento el segundo mayor banco privado de Estados Unidos) acusó a británicos y franceses de tratar de destruir Alemania por razones comerciales (Elon, p. 235). Los judíos del Este de Europa, que habían emigrado a Estados Unidos huyendo de la antisemita Rusia zarista, consideraban al ejército alemán un libertador. Los judíos estadounidenses eran fundamentalmente pro alemanes. El gobierno británico tomó en serio estos hechos. Su embajador sospechaba de una posible conspiración judía en Estados Unidos. La Declaración Balfour, de 1917, fue en buena medida un intento de calmar los sentimientos antibritánicos entre el mundo judío. Esta estrategia tuvo éxito. Después de la declaración, gran parte de los judíos del mundo, tanto sionistas como no sionistas, abrazaron el bando de los aliados.

Hemos verificado la fuente de Gilad Atzmon en The Pity of All:

Los banqueros antisemitas eran a la sazón cristianos protestantes y se les podía detectar muy fácilmente en el bando aliado (por ejemplo, en JP Morgan), circunstancia que rompe con los esquemas habituales de la teoría de la conspiración, sobre todo por lo que respecta a la supuesta financiación judía del comunismo. En realidad, los banqueros judíos alemanes tanto de EEUU como de la propia Alemania lo que financiaban era la victoria del Segundo Reich contra la Rusia zarista. Así las cosas, en una auténtica conspiración que ya ha sido probada y que documentaremos en un artículo sobre «la conspiración de los perushim» de próxima aparición en CARRER LA MARCA, los judíos sionistas, alemanes también pero enemigos de Alemania, negociaron con los aliados la entrada de EEUU en la guerra y, por ende, la derrota de Alemania. Siendo así que, a tenor de su pericia militar, los alemanes podían derrotar a ingleses, franceses y rusos juntos, pero si a esta ya de por sí enorme coalición se sumaban los EEUU, el desequilibrio de fuerzas resultaba ya excesivo incluso para los alemanes.

El antisemitismo nazi en Alemania fue el resultado de esta traición sionista, con la paradoja de que quienes pagaron los platos rotos —y justos por pecadores— no fueron los judíos sionistas (que pactaron luego con el Tercer Reich para emigrar a Palestina), sino los judíos asimilacionistas, que habían permanecido fieles a la patria alemana y muerto a millares, con uniforme alemán, en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Figueres, la Marca Hispánica, 1 de novuiembre de 2021.

DEMOCRACIA NO SIGNIFICA ELECCIONES Y VOTOS, SINO PODER DEL PUEBLO

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