LA OLIGARQUÍA FINANCIERA JUDÍA EN POS DE LA DOMINACIÓN MUNDIAL (2)

¿CÓMO SABEMOS QUE REALMENTE EXISTE LA «OLIGARQUÍA FINANCIERA JUDÍA» Y CONTROLA EL GOBIERNO DE LA PRIMERA PONENCIA MUNDIAL? La existencia de la oligarquía financiera judía, a pesar de los intentos de disimularla y ocultarla mediante todo tipo de estrategias de desinformación, ha sido probada hasta la saciedad de forma indirecta —control del gobierno de la primera potencia mundial (James Petras), control de los medios de comunicación (Johan Galtung)…— y directa —documental de Tim Gielen, análisis de Climaterra…—, pero su caracterización como «judía» sigue siendo discutida con estrategias como el de quien reconoce que existe una oligarquía financiera hegemónica pero omite «judía» o el de quien, como el del profesor marxista Andrés Piqueras, reconoce de buen grado que la oligarquía financiera es «sionista» para, acto seguido, sostener que el sionismo es una forma de fascismo que nada tiene que ver con el judaísmo. Estas posturas, procedentes casi todas del marxismo, ignoran y hasta niegan la doctrina misma de Marx y, por tanto, no podemos dar por demostrada la existencia de la oligarquía financiera judía sin proceder a una reconstrucción de los hechos, de la que nos ocuparemos a continuación en este y los siguientes artículos de la serie.
HACIA LA AUTODESTRUCCIÓN DEL SISTEMA CAPITALISTA (1). EL PROBLEMA DEL CAPITAL FINANCIERO
¿QUÉ SIGNIFICA «OLIGARQUÍA FINANCIERA JUDÍA»?
Debe quedar claro que la tesis sobre la existencia de una oligarquía financiera judía no puede confundirse con torpes formulaciones antisemitas (cristianas) como que «los judíos» dominan el mundo, que «los judíos» «son» esto o aquéllo, X, etcétera. La oligarquía financiera es en su mayor parte judía, pero sólo una minoría de los judíos forman parte de la oligarquía. Con ello no sólo nos ponemos a cubierto de las acusaciones de antisemitismo, sino que, de paso, respetamos la verdad de los hechos. La oligarquía también puede ser caracterizada como judeo-cristiana porque existen sionistas cristianos disfrutando del genocidio al lado de los sionistas judíos y, por si fuera poco, hay financieros o multimillonarios que no forman parte de la oligarquía financiera judía. «Oligarquía financiera judía» es también un concepto político. Un sayan que como médico o taxista o juez colabora con el Mossad pertenece de alguna manera singular a la oligarquía, un multimillonario judío que se dedica a sus negocios por cuenta y beneficio propios sin coordinarse en logias u otros organismos —por ejemplo la red sayanim— para implementar el proyecto sionista, no pertenece necesariamente a la oligarquía financiera judía. Otro tanto cabe afirmar con respecto a la ideología. La ideología de la oligarquía financiera hegemónica podría caracterizarse como de «extrema derecha judía», incluyendo aquí a los cristianos sionistas que reconocen a «los judíos» como «el pueblo elegido» y celebran su supremacismo sin contarse ellos mismos como judíos. Así que la caracterización de la oligarquía financiera en calidad de judía no cabe interpretarla en el sentido de que esté formada sólo por «judíos», sino de que su ideología es judía. Todo ello en el bien entendido 1/ que el sionismo constituye una forma nacionalista, secular o no, de judaísmo; 2/ que podemos contabilizar por millones los sionistas no-judíos y, sobre todo, los sionistas cristianos, la mayor parte fundamentalistas evangélicos, sin los cuales la oligarquía financiera judía no podría implementar su dominación en marcos políticos liberales donde todavía es necesario recabar votos entre la población gentil mayoritaria (la misma que va a ser perjudicada por las actuaciones políticas oligárquicas: una realidad harto patente en los Estados Unidos). Finalmente, que la ideología de la oligarquía sea «judía» tampoco puede confundirse con la afirmación de que allí donde detectemos ideología judía necesariamente hayamos detectado también, de forma automática, elementos de la oligarquía, porque son posibles y de hecho se dan formulaciones e interpretaciones del judaísmo que quedan fuera de la «extrema derecha judía» supremacista y hegemonista a pesar de que el concepto de «pueblo elegido» siempre pueda suscitar la sospecha de una exégesis ideológica de ese tipo, es decir, ultraderechista. Es menester, en definitiva, analizar caso por caso y valorar con prudencia los datos que avalan la existencia de una «oligarquía financiera judía» caracterizada por una ideología de «extrema derecha judía», de idiosincrasia racista, supremacista y genocida, como concepto político, además de meramente económico.
La mejor forma de comprender el problema peculiar del judaísmo desde el punto de vista sociológico y de historia de las religiones es compararlo con el sistema de castas indio. Pues, desde el punto de vista sociológico, ¿qué eran los judíos? Un pueblo paria. (…) Las diferencias respecto a los pueblos paria indios radican en el caso del judaísmo en estas tres importantes circunstancias: 1/ El judaísmo era (o más bien llegó a ser) un pueblo paria en un entorno sin castas. 2/ Las promesas de salvación, en las que se anclaba la separación ritual del judaísmo, eran absolutamente diferentes que las de las castas indias. Para las castas indias… la recompensa de un comportamiento ritualmente correcto, es decir, conforme a la casta, era el ascenso en el curso de los renacimientos dentro del sistema de castas del mundo concebido como algo eterno e inalterable. (…) Para el judío la promesa era absolutamente opuesta: el orden social del mundo estaba transtornado, representaba lo contrario de lo prometido para el futuro y debía volver a verse transtornado, de manera tal que al judaísmo volviera a corresponderle su puesto de pueblo de señores. (…) Todo el comportamiento de los antiguos judíos estaba determinado por esa concepción de una futura revolución social y política conducida por dios.
Max Weber
— Jaume Farrerons (@JaumeFarrerons) August 29, 2025
RECONSTRUYENDO EL CONCEPTO DE OLIGARQUÍA FINANCIERA DESDE SU FUNDAMENTO ECONÓMICO
El punto de partida para la demostración de la existencia de una oligarquía financiera judía es el concepto nudamente económico de una oligarquía financiera hegemónica que ha dejado atrás el concepto tradicional de capitalismo productivo. Al margen de esta realidad carecería de sentido añadirle el calificativo ideológico de «judía» en el sentido indicado supra («extrema derecha judía»). Ahora bien, a tenor de que la mayor parte de los teóricos que acreditan la existencia de esa oligarquía financiera hegemónica son marxistas, tendremos que preguntarnos, en primer lugar, por qué los mismos que han «descubierto» la realidad de la oligarquía financiera se niegan a caracterizarla como «judía» y, en muchas ocasiones, aunque no siempre, como «sionista», a despecho de que el propio Karl Marx identificó capitalismo y judaísmo en su famoso ensayo Zur Judenfrage (1943), entre otros escritos. Esta cuestión es previa a las correspondientes referencias de los economistas marxistas que han acreditado la existencia de una oligarquía financiera y de un capitalismo financiero «parasitario» sustancialmente distinto al capitalismo productivo clásico. Para empezar citemos el texto de Marx, que CARRER LA MARCA enlazó y comentó hace ya años sin provocar ninguna respuesta por parte de los marxistas en las redes sociales.
Que este ensayo sea un error de juventud, como pretenden algunos teóricos o comentaristas, queda refutado fácilmente con hechos.
MARÍA-PAZ LÓPEZ: «EN SUS PRIMEROS ESCRITOS KARL MARX MOSTRÓ TICS ANTISEMITAS QUE LUEGO CORRIGIÓ»
Ni eran tics antisemitas ni corrigió nada, su postura de 1843 fue reiterada en escritos fundamentales como La sagrada familia y La ideología alemana. Y singularmente en otros textos «menores» como «El préstamo ruso».
El motivo por el cual los marxistas se tapan los ojos ante la realidad resulta obvio: reconocer la existencia de una oligarquía financiera judía en cualquier sentido que se le quiera dar a la palabra, incluso el más cauteloso, parece darle la razón a Adolf Hitler. A fin de curarse en salud, el teórico marxista Moishe Postone alumbró una interpretación del nacionalsocialismo donde se establece una diferencia tajante entre la lucha nacionalsocialista contra el capitalismo financiero judío y la crítica marxista del capitalismo como dispositivo impersonal donde el sujeto es «el capital» abstracto y no una oligarquía «con nombres y apellidos». Todo análisis de las cuestiones planteadas pasa necesariamente por el texto de Postone. Véase aquí:
https://theanarchistlibrary.org/library/moishe-postone-anti-semitism-and-national-socialism
Traducción:
Antisemitismo y nacionalsocialismo
¿Cuál es la relación entre el antisemitismo y el nacionalsocialismo? En la República Federal, a nivel público, el debate sobre este tema ha tomado el carácter de una dicotomía entre liberales y conservadores por un lado, y la izquierda en la otra. Los liberales y los conservadores han tendido a enfatizar la discontinuidad entre el pasado nazi y el presente. En cuanto al pasado, centraron la atención en la persecución y el exterminio de judíos y, con cuidado, eliminaron el énfasis en otros aspectos centrales del nazismo. Haciendo hincapié en lo que se consideraba el carácter de ruptura total entre el Tercer Reich y la República Federal, este tipo de énfasis en el antisemitismo ha ayudado paradójicamente a evitar una comparación fundamental con la realidad social y estructural del nacionalsocialismo. Esta realidad social no desapareció por completo en 1945. En otras palabras, la condena del antisemitismo nazi también sirvió como ideología para legitimar el sistema actual. Esta instrumentalización solo fue posible porque el antisemitismo fue tratado principalmente como una forma de prejuicio, una ideología del chivo expiatorio, ocultando así la relación intrínseca entre el antisemitismo y otros aspectos del nacionalsocialismo.
Por otro lado, la izquierda, tiende a haberse centrado en la función del nacionalsocialismo para el capitalismo, dando énfasis a la destrucción de las organizaciones obreras, las políticas sociales y económicas de los nazis, el rearme, el expansionismo y los mecanismos burocráticos para la dominación estatal y del partido. Se subrayaron los elementos de continuidad entre el Tercer Reich y la República Federal. Obviamente, el exterminio de los judíos no fue ignorado. Sin embargo, se incorporó rápidamente a las categorías más generales de prejuicios, discriminación y persecución. Al evaluar el antisemitismo como un elemento periférico, más que central, del nacionalsocialismo, la izquierda también ha nublado la relación intrínseca entre los dos.
Ambas posiciones explican el antisemitismo moderno como un sesgo antijudío, como un ejemplo particular de racismo general. El énfasis en la naturaleza de la psicología de masas del antisemitismo aísla las consideraciones sobre el Holocausto de las investigaciones socioeconómicas y socio-históricas del nacionalsocialismo. Sin embargo, el Holocausto no puede entenderse mientras el antisemitismo sea visto como un ejemplo de racismo general y mientras el nazismo se conciba solo en términos de gran capital y como un estado policial terrorista y burocrático. Auschwitz, Belzec, Chelmno, Maidanek, Sobibor y Treblinka no deben considerarse fuera del marco teórico del análisis del nacionalsocialismo. Representan una de sus conclusiones lógicas, no simplemente su epifenómeno más terrible. Ningún análisis del nacionalsocialismo que no tenga en cuenta el exterminio de los judíos europeos es totalmente adecuado.
En este ensayo intentaré un enfoque para entender el exterminio de los judíos europeos, describiendo una interpretación del antisemitismo moderno. No es mi intención explicar por qué el nazismo y el antisemitismo moderno se abrieron paso y se convirtieron en fenómenos hegemónicos en Alemania. Tal intento presupondría un análisis de las especificidades del desarrollo histórico alemán, un tema sobre el que se ha escrito tanto. En cambio, este ensayo intenta determinar más de cerca lo que ha permitido este desarrollo, sugiriendo un análisis del antisemitismo moderno que indica su conexión inherente con el nacionalsocialismo. Tal examen es una condición previa necesaria para cualquier análisis sustancial de por qué el nacionalsocialismo tuvo éxito en Alemania.
El primer paso debe ser una descripción específica del Holocausto y el antisemitismo. El problema no debe plantearse en términos cuantitativos, como el número de personas asesinadas o el grado de sufrimiento infligido. En la historia hay demasiados ejemplos de asesinatos en masa y genocidios (por ejemplo, los nazis mataron a muchos más rusos que judíos). La pregunta es, más bien, cualitativa. Mientras el antisemitismo sea tratado como un ejemplo específico de la estrategia de chivo expiatorio cuyas víctimas bien podrían haber sido miembros de cualquier otro grupo, aspectos particulares del exterminio de judíos europeos por los nazis siguen siendo inexplicables.
El holocausto se caracterizó por un sentido de misión ideológica, una relativa falta de emoción y odio inmediato (a diferencia de los pogromos, por ejemplo), y, lo que es más importante, su aparente falta de funcionalidad. El exterminio de los judíos no parece haber sido un medio para algún fin. Los judíos no fueron exterminados por razones militares o durante un proceso violento de conquista de la tierra (como sucedió en el caso de los indios americanos o los tasmanios). Mucho menos la política de los nazis hacia los judíos se asemeja a lo que aplicaban a los polacos y a los rusos, que estaba destinado a erradicar aquellos segmentos de la población en torno a los cuales la resistencia podría manifestarse, para que pudiera explotar más fácilmente la parte restante a medida que sirve. Sin duda, los judíos no fueron exterminados por ningún fin “extrínseco” manifiesto. El exterminio de los judíos no solo debería ser total, sino que era el propósito mismo, el exterminio de la sed de exterminio, un propósito que adquirió prioridad absoluta.
Ninguna explicación funcionalista del Holocausto o la teoría del chivo expiatorio antisemita puede dejar claro por qué, en los últimos años de la guerra, mientras que las fuerzas alemanas estaban siendo aplastadas por el ejército rojo, una cantidad significativa de vehículos fueron desviados del apoyo logístico y utilizados para transportar a los judíos a las cámaras de gas. Una vez reconocida la especificidad cualitativa del exterminio de los judíos europeos, queda claro que los intentos de explicación relacionados con el capitalismo, el racismo, la burocracia, la represión sexual o la personalidad autoritaria siguen siendo demasiado genéricos. La especificidad del holocausto requiere una mediación mucho más determinada incluso en el intento de un acercamiento a su comprensión.
EL JUDAÍSMO COMO IDEOLOGÍA RACISTA, SUPREMACISTA Y GENOCIDA (1). GENOCIDIO
Por supuesto, el exterminio de los judíos europeos está en relación con el antisemitismo. La especificidad de la primera debe estar vinculada a la del segundo. Además, el antisemitismo moderno debe considerarse en relación con el nazismo como un movimiento que, en términos de autopercepción, representa una revuelta.
El antisemitismo moderno, que no debe confundirse con el prejuicio antijudío común, es una ideología, una forma de pensamiento, que surgió en Europa a finales del siglo XIX. Su afirmación progresiva presuponía las diversas formas antiguas de antisemitismo, que han sido una parte integral de la civilización cristiana occidental durante siglos. Lo que une todas las formas de antisemitismo es el grado de poder atribuido a los judíos: el poder de matar a Dios, desatar la plaga bubónica y, más recientemente, de introducir el capitalismo y el socialismo. El pensamiento antisemita es fuertemente maniqueo, con los judíos teniendo el papel de oscuridad.
No es solo el grado, sino también la calidad del poder atribuido a los judíos lo que distingue el antisemitismo de todas las otras formas de racismo. Probablemente todas las formas de racismo le dan al Otro un poder potencial. Este poder, sin embargo, es generalmente concreto, material o sexual. Es el poder potencial de los oprimidos (como reprimidos), de los “Untermenschen”. El poder atribuido a los judíos es mucho mayor y se percibe como real en lugar de potencial. Además, es un tipo diferente de potencia, no necesariamente concreta. Lo que caracteriza al poder atribuido a los judíos en el antisemitismo moderno es que es misteriosamente intangible, abstracto y universal. Se considera una forma de poder que no se manifiesta directamente, sino que necesita encontrar otro modo de expresión. Busca un vehículo concreto a través del cual pueda actuar, ya sea político, social o cultural. Porque, como se concibe en la imaginación del antisemitismo moderno, el poder de los judíos no está relacionado con lo concreto, no está “basado”, se supone que es de una inmensidad impactante y extremadamente difícil de controlar. Usted considera que está detrás del fenómeno, pero no es idéntico a él. Por lo tanto, su origen se considera oculto: la conspiración. El judío representa una conspiración internacional inmensamente poderosa, intangible.
Un ejemplo gráfico de este punto de vista es dado por un cartel nazi que retrata a Alemania, representada como el trabajador fuerte y honesto, amenazado hacia el oeste por un John Bull gordo y plutocrático y, al este, por un brutal y bárbaro comisionado bolchevique. Sin embargo, estas dos fuerzas hostiles son simples marionetas. Mirando por encima del borde del globo, con los hilos de los títeres apretados en sus manos, está el judío. Tal imagen no era ciertamente un monopolio de los nazis. En el antisemitismo moderno, es característico considerar a los judíos como la fuerza detrás de estos opuestos “aparentes”: el capitalismo plutocrático y el socialismo. El “judaísmo internacional” también se percibe como centrado en las “selvas asfálticas” de las nuevas megaciudades urbanas emergentes, en su presencia detrás de la “cultura moderna vulgar y materialista” y, en general, por detrás de todas las fuerzas que han contribuido al declive de los grupos, valores e instituciones tradicionales. Los judíos representan una fuerza extranjera, peligrosa y destructiva que amenaza la “salud” social de la nación. Por lo tanto, el antisemitismo moderno no sólo se caracteriza por su contenido secular, sino también por su carácter sistemático. Su afirmación es explicar el mundo, un mundo que rápidamente se ha vuelto demasiado complejo y amenazante para tanta gente.
Esta determinación descriptiva del antisemitismo moderno, si bien es necesario que se diferencie del prejuicio general o del racismo, no es suficiente por sí sola para indicar la conexión intrínseca con el nacionalsocialismo. Es decir, la aspiración de superar la separación habitual entre el análisis histórico y social del nazismo y el análisis del antisemitismo, a este nivel, aún no se ha implementado. Lo que es necesario es una explicación que pueda mediar en los dos. Tal explicación debería ser capaz de proporcionar una base histórica a la forma de antisemitismo descrita anteriormente, a través de las mismas categorías que se pueden utilizar para explicar el nacionalsocialismo. No voy a negar explicaciones psicológico-sociales o psicoanalíticas, sino a proporcionar un marco histórico-epistemológico de referencia, dentro del cual se puedan colocar más especificaciones psicológicas. Tal marco de referencia debe ser capaz de aclarar el contenido específico del antisemitismo y debe ser histórico, es decir, debe contribuir a una comprensión de por qué tal ideología se hizo tan frecuente en ese momento, a finales del siglo XIX. Sin tal marco, todos los demás intentos que se centran en una dimensión subjetiva siguen siendo históricamente indeterminados. Lo que se necesita, por lo tanto, es una explicación en términos de epistemología histórico-social.
EL JUDAÍSMO COMO IDEOLOGÍA RACISTA, SUPREMACISTA Y GENOCIDA (2). SUPREMACISMO
Una explicación completa del problema del antisemitismo va mucho más allá de los límites de este ensayo. El punto que queremos alcanzar, aquí, en cambio, es que un análisis cuidadoso de la cosmovisión del antisemitismo moderno revela que es una forma de pensamiento en la que el rápido desarrollo del capitalismo, con todas sus ramificaciones sociales, se personifica e identifica en el judío. No es que los judíos fueran simplemente considerados titulares de dinero, como en el antisemitismo tradicional, sino que fueron responsables de las crisis económicas y se identificaron con la serie de reestructuración y desplazamientos sociales, el resultado de la rápida industrialización: urbanización explosiva, declive de clases y estratos sociales, aparición de la masa del proletariado industrial cada vez más organizada y así sucesivamente. En otras palabras, la dominación abstracta del capital que, particularmente con la rápida industrialización, atrapó a la gente a una red de fuerzas dinámicas que, al no ser comprendidas, comenzaron a ser percibidas como el dominio del judaísmo internacional.
Sin embargo, esto no es más que un primer enfoque. La personificación ha sido esbozada, aún no explicada. Muchos han sido intentos de dar una explicación y, sin embargo, nadie, en mi opinión, ha estado completo. El límite de estas teorías, como la de Max Horkheimer, que se centra en identificar a los judíos con dinero y la esfera de la circulación, es que no tienen en cuenta la idea de que los judíos también constituyen el poder detrás de la socialdemocracia y el comunismo. A primera vista, estas teorías, como la de George L. Mosse, que interpretan el antisemitismo moderno como una revuelta contra la modernidad, parecen más satisfactorios. La plutocracia y los movimientos obreros son concurrentes en la modernidad, dada la enorme reestructuración social que es el resultado de la industrialización capitalista. El problema de tales enfoques está, sin embargo, en la idea de que “lo moderno” ciertamente incluiría capital industrial. Sin embargo, como es bien sabido, incluso en períodos de rápida industrialización, el capital industrial nunca fue objeto de ataques antisemitas. Además, la actitud del nacionalsocialismo hacia tantas otras dimensiones de la modernidad, especialmente hacia la tecnología moderna, era positiva, más que crítica. Los aspectos de la vida moderna que fueron rechazados por los nacionalsocialistas junto con los apoyados por ellos forman un modelo. Este modelo debe ser la premisa para la conceptualización adecuada del problema. Dado que este modelo no se trataba solo del nacionalsocialismo, el problema tiene un significado de largo alcance.
La aceptación del capital industrial por el antisemitismo moderno revela la necesidad de un enfoque que pueda hacer una distinción entre lo que es el capitalismo moderno y la forma en que se manifiesta, entre su esencia y su apariencia. El término “moderno” no posee en sí mismo una diferenciación intrínseca que permita tal distinción. Considero que las categorías sociales de “bienes” y “capital” desarrolladas por Marx en su crítica más madura son más apropiadas, como una serie de distinciones entre lo que es y lo que parece ser son intrínsecas a ellos. Tales categorías pueden servir como punto de partida para un análisis capaz de discernir las diversas percepciones de lo “moderno”. Tal enfoque intenta relacionar el esquema de la crítica social y la afirmación que hemos tenido en cuenta, junto con las características de las relaciones sociales capitalistas.

Estas consideraciones nos llevan al concepto del fetichismo de Marx, cuya intención estratégica era realizar una teoría histórica y social del conocimiento, basada en la diferencia entre la esencia de las relaciones sociales capitalistas y sus formas manifiestas. Lo que subyace en el concepto de fetichismo es el análisis de Marx de la mercancía, el dinero y el capital, no visto simplemente como categorías económicas, sino más bien como las formas de relaciones sociales peculiares que caracterizan al capitalismo en su esencia. En su análisis, las formas capitalistas de las relaciones sociales no aparecen como tales, sino que se expresan sólo en una forma objetiva. En el capitalismo, el trabajo no es solo una actividad social productiva (“trabajo concreto”), sino que también sirve como mediación social (“trabajo abstracto”) en lugar de relaciones sociales manifiestas. De ello se deduce que su producto, la mercancía, no es sólo un producto en el que el trabajo concreto se ha objetivado; también es una manifestación de relaciones sociales objetivadas. En el capitalismo, el producto no es un objeto socialmente mediado por formas manifiestas de relaciones sociales y dominación. La mercancía, como objetivación de ambas dimensiones del trabajo dentro del capitalismo, es la mediación social de sí misma. Por lo tanto, tiene un “doble carácter”: valor de uso y valor de cambio. Como objeto, la mercancía expresa y, al mismo tiempo, oculta relaciones sociales que no tienen otro modo de expresión “independiente”. Este tipo de objetivación de las relaciones sociales constituye su alienación. Las relaciones sociales fundamentales en el capitalismo tienen vida propia, casi objetiva. Constituyen una “segunda naturaleza”, un sistema de dominación y compulsión abstracta que, aunque sea social, es impersonal y “objetivo”. Tales relaciones nunca parecen sociales, sino naturales. Al mismo tiempo, las formas de la categoría expresan una concepción particular, socialmente constituida de la naturaleza en términos de un comportamiento objetivo, regulado y cuantificable de una esencia cualitativamente homogénea. Las categorías marxistas expresan simultáneamente relaciones sociales particulares y formas de pensamiento. La noción de fetichismo alude a formas de pensamiento que se basan en percepciones que permanecen vinculadas a la aparición de relaciones sociales capitalistas.
Al examinar las características específicas del poder atribuido a los judíos por el antisemitismo moderno —la abstractidad, la intangibilidad, la universalidad, la movilidad— afecta al hecho de que todas son cualidades propias de la dimensión del valor de las formas sociales analizadas por Marx. Además, esta dimensión, como el presunto poder de los judíos, no aparece como tal, sino siempre en la forma de su vehículo material, la mercancía.
En este punto comenzaré un breve análisis de cómo surgen las relaciones sociales capitalistas. De esta manera, trataré de explicar la personificación descrita anteriormente y aclarar el problema de por qué el antisemitismo moderno, que se opone a tantos aspectos de lo “moderno”, ha sido tan visiblemente silencioso, o afirmativo, hacia la tecnología industrial capitalista y moderna.

Empezaré por el ejemplo de la forma de la mercancía. La tensión dialéctica entre el valor [de cambio] y el valor de uso en la forma de mercancía requiere que este “doble carácter” sea materialmente exteriorizado. Parece “doblado” como dinero (la forma manifiesta de valor) y como mercancía (la forma manifiesta del valor de uso). Aunque la mercancía es una forma social que expresa tanto el valor como el valor de uso, el efecto de esta externalización es que la mercancía aparece solo en su dimensión de valor de uso, como puramente material y “como una cosa”. El dinero, por el contrario, aparece por lo tanto como el único depositario de valor, como una manifestación de lo puramente abstracto, más que como una forma manifiesta y exteriorizada de la propia mercancía. La expresión de las relaciones sociales materializadas y específicas del capitalismo aparece en este nivel de análisis como la oposición entre el dinero, como un abstracto, y la naturaleza “en su ser qué”.
Un aspecto del fetichismo, por lo tanto, radica en el hecho de que las relaciones sociales capitalistas no aparecen como tales y, además, se presentan de una manera antinómica, como una oposición entre abstracto y concreto. Además, dado que ambas partes de la antinomia se objetivan, cada una aparece como seminatural. La dimensión abstracta aparece en forma de leyes naturales abstractas, universales, “objetivas”; la dimensión concreta aparece como naturaleza pura “en su ser qué”. La estructura de las relaciones sociales alienadas que caracteriza al capitalismo se expresa en una antinomia casi natural, en la que no aparecen lo social y lo histórico. Esta antinomia se resume como una oposición entre las formas de pensamiento positivistas y románticas. La mayoría de los análisis críticos del pensamiento fetichista se centran en esa corriente de antinomia que hipostatiza lo abstracto como el pensamiento trans-histórico, el llamado positivista burgués, y por lo tanto enmascara el carácter social e histórico de las relaciones existentes. Este ensayo destaca la otra corriente, la que incluye las formas de romanticismo y revuelta que se perciben como antiburguesas, pero que de hecho hipostatizan lo concreto y, por lo tanto, permanecen confinadas a la antinomia producida por las relaciones sociales capitalistas.
Las formas anticapitalistas de pensamiento que permanecen ligadas a la inmediatez de esta antinomia tienden a percibir el capitalismo y todo lo que es específico de esa forma social, solo en términos de manifestaciones de la dimensión abstracta de la antinomia; por lo tanto, por ejemplo, el dinero se considera la “causa de todo mal”. La existencia de la dimensión concreta se opone entonces positivamente a la abstracta como “natural” o ontológicamente humana, que presumiblemente reside fuera de la especificidad de la sociedad capitalista. Por lo tanto, como en Proudhon, por ejemplo, el trabajo concreto se percibe como un momento anticapitalista, opuesto a la abstracción del dinero. El hecho de que el trabajo concreto incorpore las relaciones sociales capitalistas y esté materialmente formado a partir de ellas no se entiende.
Con el desarrollo posterior del capitalismo, la forma del capital y el fetichismo asociado a él, la naturalización inmanente del fetichismo de la mercancía adquiere nuevas dimensiones. La forma del capital, como la forma de la mercancía, se caracteriza por la relación antinómica entre concreto y abstracto y ambos aparecen como algo natural. La calidad de lo “natural” es diferente. Asociado con el fetichismo de la mercancía está la noción del carácter de legalidad, en última instancia, de las relaciones entre unidades individuales autónomas expresadas, por ejemplo, por la economía política clásica o la teoría del jusnaturalismo. El capital, según Marx, es el valor que es autovalorado. Se caracteriza por un proceso continuo e incesante de autoexpansión del valor. Este proceso subyace a los ciclos rápidos, a gran escala, de producción y consumo de la creación y la destrucción. El capital no tiene una forma definitiva, sino que aparece en diferentes etapas de su camino en espiral tanto en forma de dinero como en forma de mercancías. Como valor empoderador, el capital aparece como un proceso puro. Su dimensión concreta cambia en función de la fase. Los trabajadores individuales ya no son unidades independientes. Cada vez más, las células componentes se convierten en un sistema enorme, dinámico y complejo que contiene personas y máquinas y que está orientado a un objetivo, es decir, la producción por la producción. Esta totalidad social alienada se hace mayor que la suma de los individuos que la constituyen y tiene una meta externa para sí misma. Este objetivo es un proceso sin fin. La forma capitalista de las relaciones sociales tiene un carácter ciego, procesal, casi orgánico.
Con la creciente consolidación de la forma de capital, la visión mecanicista de los siglos XVII y XVIII comienza a fracasar; un proceso orgánico comienza a reemplazar la estasis mecánica en forma de fetichismo. La teoría orgánica del estado y la proliferación de las teorías raciales, así como el surgimiento del darwinismo social a finales del siglo XIX, son ejemplos típicos de esto. La sociedad y el proceso histórico se interpretan cada vez más en términos biológicos. No voy a desarrollar más este aspecto del fetichismo capitalista aquí. Para nuestros propios fines, se deben tener en cuenta las implicaciones sobre cómo se puede percibir el capital. Como ya se ha indicado, en el nivel lógico del análisis de mercancías, el “doble carácter” permite que la mercancía aparezca como una entidad puramente material, más que como la objetivación de las relaciones sociales que están mediadas. Comprensiblemente, permite que el trabajo concreto aparezca como un proceso puramente material y creativo, que puede separarse de las relaciones sociales capitalistas. En el nivel lógico del capital, el “carácter dual” (proceso de trabajo y proceso de valorización) permite que la producción industrial aparezca como un proceso puramente material, creativo, separable por capital. Ahora, el concreto se manifiesta en una forma más orgánica. El capital industrial puede, por lo tanto, aparecer como el descendiente lineal del trabajo artesanal “natural”, como “biológicamente enraizado”, en oposición al capital financiero “desarraigado”, “parasitario”. La organización de la primera parece estar relacionada con la de las corporaciones; su contexto social se aferra a una unidad orgánica (orgánica) superior: Comunidad [Gemeinschaft], Personas [Volk], Raza. El capital mismo, o lo que se percibe como el aspecto negativo del capitalismo, se entiende sólo como una forma manifiesta de su dimensión abstracta: el capital financiero y de interés. En este sentido, la interpretación biológica, que se opone a la dimensión concreta (del capitalismo), como “natural” y “sana”, a la negatividad de lo que se entiende por el “capitalismo”, no está en contradicción con una glorificación del capital industrial y la tecnología. Ambos son el aspecto “material” de la antinomia.
Esta relación es generalmente mal entendida. Por ejemplo, Norman Mailer, al defender el neo-romanticismo (y la masculinidad) en El prisionero del sexo, escribió que Hitler estaba hablando de sangre, es seguro, pero construyó la máquina. El punto es que, en esta forma fetichista de “anticapitalismo”, tanto la sangre como las máquinas son vistas como contraprincipios concretos en respuesta a lo abstracto. El énfasis positivo en la “naturaleza”, la sangre, el suelo, el trabajo concreto y la Comunidad (Gemeinschaft) puede ir acompañado de una glorificación de la tecnología y el capital industrial. Esta forma de pensamiento, por lo tanto, no debe entenderse como anacrónica, como la expresión de un sincronismo histórico (Ungleichzeitigkeit), al igual que la difusión de las teorías raciales a finales del siglo XIX no debe entenderse como atávica. Estas son, históricamente, nuevas formas de pensamiento y no representan de ninguna manera el resurgimiento de formas más arcaicas. Nos parecen atávicos o anacrónicos debido a su énfasis en la naturaleza biológica. Sin embargo, este mismo énfasis tiene sus raíces en el fetichismo del capital. El uso de la biología y el deseo de un retorno a los “orígenes naturales”, combinados con una visión positiva de la tecnología, que aparece en muchas formas a principios del siglo XX, debe entenderse como una expresión del fetichismo antinómico que da lugar a la idea de que lo concreto es “natural”, y que presenta, cada vez más, lo socialmente “natural” de una manera que lo hace percibido en términos biológicos.
La hipostatización de lo concreto y la identificación del capital con el abstracto manifiesto, está sujeta a una forma de “anticapitalismo” que pretende superar el orden social existente desde un punto de vista que, en realidad, permanece inmanente a este orden. Mientras el punto de vista sea la dimensión concreta, esta ideología tiende a indicar una forma más concreta y organizada de síntesis social claramente capitalista. Esta forma de “anticapitalismo”, por lo tanto, solo parece mirar con ansia al pasado. Como expresión del fetichismo del capital, su verdadero impulso es el avance. Surge durante la transición del capitalismo liberal al capitalismo burocrático y se vuelve virulento en el caso de una crisis estructural.
UN SOCIÓLOGO DE FAMA MUNDIAL AFIRMA QUE LOS JUDÍOS CONTROLAN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Esta forma de “anticapitalismo”, por lo tanto, se basa en un ataque unilateral a lo abstracto. Lo abstracto y lo concreto no se ven en su constitución una antinomia en la que la verdadera superación del abstracto —el tamaño del valor— incluye la superación histórica de la antinomia misma, así como cada uno de sus términos. Hay, en cambio, un ataque unilateral a la razón abstracta, la ley abstracta o, en otro nivel, el dinero y el capital financiero. En este sentido es complementario al pensamiento liberal, en el que no se cuestiona la dominación del abstracto y en el que no se hace la distinción entre razón positiva y razón crítica.
El ataque “anticapitalista”, sin embargo, no se limita a un ataque contra la abstracción. En el nivel del fetichismo capital, no es solo la parte concreta de la antinomia la que puede ser naturalizada y biologizada. La dimensión abstracta manifiesta también fue biologizada, comparada con los judíos. La oposición fetichista entre lo material, lo concreto, por un lado, y lo abstracto, por otro, es decir, entre “natural” y “artificial”, se ha traducido en una oposición racial, desde un punto de vista histórico relevante en todo el mundo, entre arios y judíos. El antisemitismo moderno incluye una biologización del capitalismo, que se concibe solo en su dimensión abstracta manifiesta, como el judaísmo internacional.
Según esta interpretación, los judíos no se identificaban simplemente con el dinero, con la esfera de la circulación, sino con el capitalismo mismo. Sin embargo, debido a su forma fetichista, el capitalismo no parecía entender la industria y la tecnología. El capitalismo parecía coincidir sólo con su dimensión abstracta manifiesta que, a su vez, era responsable de los vastos cambios sociales y culturales concretos asociados con el rápido desarrollo del capitalismo industrial moderno. Los judíos no eran vistos simplemente como representantes del capital (en el caso de los ataques antisemitas serían mucho más específicamente con clase). Se convirtieron en la personificación del dominio del capital intangible, destructivo, inmensamente poderoso e internacional como una forma social alienada. Ciertas formas de descontento anticapitalista se dirigieron contra la dimensión abstracta manifiesta del capital, personificada en los judíos, no porque los judíos se identificaran conscientemente con la dimensión del valor, sino porque, dada la antinomia entre la dimensión abstracta y la concreta, el capitalismo apareció de esta manera. Como resultado, el levantamiento “anticapitalista” también se dirigió contra los judíos. La superación del capitalismo y sus efectos sociales negativos se asociaron con la superación de los judíos.
La referencia a Polanyi es brutal porque Polanyi, verdadero ideólogo de Podemos, tiene una teoría sobre el fascismo que es antagónica a la del discurso progre y podemita oficial. Y @FdezLiriaCarlos —el filósofo de Podemos— lo sabe bien. pic.twitter.com/Wm6qw4FJSl
— Jaume Farrerons (@JaumeFarrerons) December 30, 2023
A pesar de que se sugirió la conexión inmanente entre este tipo de “anticapitalismo”, que dio forma al nacionalsocialismo y al antisemitismo moderno, la pregunta sigue siendo por qué la interpretación biológica de la dimensión abstracta del capitalismo encontró su centro en los judíos. En el contexto europeo, esta “opción” no fue fortuita. Los judíos no podrían haber sido sustituidos por ningún otro grupo. Las razones de esto son muchas. La larga historia del antisemitismo en Europa y la asociación de los judíos con el dinero relacionado con él son bien conocidos. El período de rápida expansión del capital industrial durante los últimos treinta años del siglo XIX coincidió con la emancipación política y civil de los judíos en Europa Central. Había una auténtica proliferación de judíos en las universidades, en las profesiones liberales, en el periodismo, en las artes, en el comercio. Los judíos rápidamente se hicieron visibles en la sociedad civil, particularmente en aquellas esferas y profesiones que se estaban expandiendo y que estaban asociadas con las formas más recientes que la sociedad estaba tomando.
Se podrían mencionar muchos otros factores, pero hay uno en particular que me gustaría enfatizar. Así como la mercancía, entendida como una forma social, expresa su “doble carácter” en la oposición externalizada entre lo abstracto (el dinero) y lo concreto (la mercancía), la sociedad burguesa se caracteriza por la división entre el Estado y la sociedad civil. Para el individuo, esta división se expresa en la diferencia entre el individuo como ciudadano y el individuo como persona. Como ciudadano, el individuo se abstrae como se expresa, por ejemplo, en la noción de igualdad ante la ley (abstracta), o en el principio de una persona, un voto. Como persona, el individuo es concreto, involucrado en las relaciones de clase reales que se consideran “privadas”, es decir, que tienen que ver con la sociedad civil y que no encuentran expresión política. En Europa, sin embargo, la noción de una nación como una entidad puramente política, abstraída de la sustancialidad de la sociedad civil, no se realizó plenamente. La nación no era solo una entidad política, sino también una entidad concreta, determinada por el lenguaje común, la historia, las tradiciones y la religión. En este sentido, el único grupo en Europa que logró determinar la ciudadanía como una abstracción puramente política, fue el de los judíos como resultado de su emancipación política. Eran ciudadanos alemanes o franceses, pero no realmente alemanes o franceses. Pertenecieron de manera abstracta a una nación, pero rara vez de manera concreta. Además, eran ciudadanos de la mayoría de los países europeos. La calidad de la abstracción, característica no sólo de la dimensión del valor en su inmediatez, sino también, de manera mediada, del estado y la ley burguesas, se identificó estrechamente con los judíos. En un momento en que el concreto fue glorificado contra lo abstracto, contra el “capitalismo” y el estado burgués, esta asociación se volvió fatal. Los judíos no tenían raíces, eran internacionales, abstractos.
El antisemitismo moderno, por lo tanto, es una forma particularmente perniciosa de fetichismo. Su poder y peligro se derivan de una visión del mundo que lo abarca todo y que explica y da forma a ciertos modos de descontento anticapitalista de una manera que deja al capitalismo ileso a través del ataque a las personificaciones de esa forma social.
Así entendido, el antisemitismo nos permite capturar un momento esencial del nazismo como un movimiento anticapitalista reductivo, un movimiento caracterizado por el odio hacia lo abstracto, por la hipostatización de la misión concreta existente y por una misión decisiva, despiadada, aunque no necesariamente llena de odio: liberar al mundo de la fuente de todos los males.
LLOYD BLANKFEIN (GOLDMAN SACHS): «LOS BANQUEROS HACEN EL TRABAJO DE DIOS»
El exterminio de los judíos europeos es la señal de que es demasiado simple tratar al nazismo como un movimiento de masas con implicaciones anticapitalistas que cambiaron esa piel eventualmente en 1934 (“Roehm Putsch”)[2], una vez que había cumplido su propósito y que se había apoderado del poder estatal. En primer lugar, las formas ideológicas de pensamiento no son simplemente manipulaciones conscientes. En segundo lugar, este punto de vista malinterpreta la naturaleza del “anticapitalismo” nazi, cuya entidad estaba intrínsecamente vinculada a una visión del mundo antisemita. Auschwitz es esta conexión. Es cierto que el “anticapitalismo” de alguna manera demasiado concreto y plebeyo de las SA (Sturmabteilung) fue apartado de 1934; no así, en cambio, el impulso antisemita: la “conciencia” de que la fuente del mal era la abstracta, el judío.
Una fábrica capitalista es un lugar donde se produce valor que, “desafortunadamente” debe tomar la forma de producción de mercancías, de valores de uso. Lo concreto se produce como portador necesario de lo abstracto. Los campos de exterminio no eran una versión horrible de una fábrica de este tipo, sino que, más bien, deberían verse como su rechazo grotesco, ario, “anticapitalista”. Auschwitz era una fábrica para la “destrucción del valor”, es decir, la destrucción de las personificaciones de lo abstracto. Su organización era la de un proceso industrial perverso, cuyo propósito era “liberar” lo concreto de lo abstracto. El primer paso fue deshumanizar, es decir, desgarrar la “máscara” de la humanidad, de la especificidad cualitativa, y revelar a los judíos por lo que “realmente son”: sombras, dígitos, abstracciones numéricas. El segundo paso fue erradicar esta abstracción, convertirla en humo, tratando de arrancar los últimos restos del «valor de uso» material concreto: ropa, oro, pelo, jabón.
Auschwitz, no la toma del poder de los nazis en 1933, fue la verdadera “Revolución alemana”, el intento de “deposición” no de un mero orden político, sino de una formación social existente. Con este gesto el mundo debía ser salvado de la tiranía de lo abstracto. En el curso de los procedimientos, los nazis “se liberaron” de la humanidad.
Los nazis perdieron la guerra contra la Unión Soviética, América e Inglaterra. Ganaron su guerra, su “revolución”, contra los judíos europeos. No sólo mataron a seis millones de niños, mujeres y hombres judíos. Tuvieron éxito en la destrucción de una cultura, una cultura muy antigua, la cultura judía europea. Era una cultura caracterizada por una tradición que incorporaba una tensión complicada entre particular y universal. Esta tensión interna se duplicó en una tensión externa, que caracterizó la relación entre los judíos y el entorno cristiano que lo rodea. Los judíos nunca fueron completamente parte de las sociedades amplias en las que vivían, ni estuvieron nunca plenamente al margen en estas sociedades. A menudo los resultados, para los judíos, eran desastrosos. A veces eran muy fructíferos. Después de la emancipación, este campo de tensión se estableció en la mayoría de los individuos judíos. La resolución final de esta tensión entre particular y universal es, en la tradición judía, una función temporal, histórica, la venida del Mesías. Tal vez, sin embargo, con la secularización y la asimilación, los judíos europeos habrían renunciado a esa tensión. Tal vez esta cultura habría desaparecido gradualmente como una tradición viva, antes de que se hubiera realizado la resolución de lo particular y lo universal. Nunca se le responderá a esta pregunta.
Responder a los retos planteados por Moishe Postone, el primer intelectual de rango que, después de Karl Polanyi y más allá de los tópicos marxistas, reconoce la naturaleza anti-capitalista del nacionalsocialismo, será pues nuestra primera tarea. Porque el análisis de Postone tiene trampa. El autor judío ha mixtificando la cuestión hasta el punto de perder de vista algo tan enorme como la evidencia abrumadora de la financiarización del capitalismo. No podemos determinar, en efecto, utilizando su panoplia intelectual, si el capitalismo se ha consumado con esa financiarización o si la financiarización ha destruido el capitalismo, un fenómeno que los economistas marxistas dan ya por hecho sin mencionar para nada, por supuesto, la identificación marxiana —ojo, no «marxista»— entre capitalismo y judaísmo. Postone conduce sin quererlo, en definitiva, a las siguientes cuestiones: 1/ la contradicción fundamental entre la herencia cultural grecorromana, «aria» (ciencia, ilustración, democracia…) que hizo posible la modernidad, incluida la industrialización, y el capitalismo como herencia judeo-cristiana cuyo sentido no es el «progreso», sino, precisamente, la financiarización que clausura la modernidad e instaura un sistema económico parasitario neofeudal de rentas al servicio de la oligarquía financiera judía; 2/ la contradicción fundamental de la sociedad actual, sea o no caracterizada como «capitalista», «poscapitalista» o «neofeudal» (Yanis Varufakis), la cual ya no opondría burguesía y proletariado, sino la oligarquía financiera judía a «las Naciones» (goyim); 2/ el sujeto de la revolución que no sería, y de hecho nunca lo habría sido, el proletariado, condenado a la desaparición por la robotización, sino las naciones soberanas y, en el interior de las mismas, esas clases medias de profesionales, la «pequeña burguesía», señaladas como promotoras de la revolución fascista o nacionalsocialista en los manuales de la vulgata marxista.
Desarrollaremos todas estas cuestiones en el próximo artículo, dentro de esta serie, de CARRER LA MARCA.
Jaume Farrerons PhD, la Marca Hispànica, Figueres. 10 de mayo de 2026
LA OLIGARQUÍA FINANCIERA JUDÍA EN POS DE LA DOMINACIÓN MUNDIAL (1)









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