LA OLIGARQUÍA FINANCIERA JUDÍA EN POS DE LA DOMINACIÓN MUNDIAL (1)

EN TRANSICIÓN HACIA UNA NUEVA ERA. En estos mismos momentos, es decir, en tiempo real, y de Ucrania al Yemen, se está librando una guerra mundial desencadenada por la oligarquía financiera judía donde se decide el destino de la dominación planetaria. Países como Rusia e incluso China participan de manera más o menos abierta. Por tanto, aquéllo que no iba a suceder, aquéllo que eran sólo «teorías de la conspiración» o, más despectivamente, «conspiranoias» (una contracción de los términos «conspiración» y «paranoia») «neonazis», delirios de enfermos mentales malignos (nazismo = «mal absoluto… para la oligarquía), resulta que es el único concepto capaz de interpretar la actual realidad geopolítica. [En la foto, el CEO de BlackRock, el judío Larry Fink.].
COMPRENDER EL PASADO
Este hecho nos fuerza a reinterpretar, consecuentemente, el sentido de la Segunda Guerra Mundial y el valor moral de las causas que motivaron a los distintos contendientes. ¿Fue Alemania el Irán del siglo pasado? ¿Tiene el llamado «Holocausto» un sentido análogo al 7-O palestino? No podemos, en efecto, rechazar la mentirosa narrativa oligárquica actual, ejemplificada por unas «armas de destrucción masiva» que nunca existieron o la inventada «amenaza iraní» o la negativa a admitir que en Gaza judíos —sí, judíos, aunque no «los judíos» ni meros «sionistas»— hayan perpetrado un genocidio (¿»negacionismo»?) pero aceptar, al mismo tiempo, la parte de esa misma narrativa que corresponde al período 1933-1945. Mucho menos, retorcer esa narrativa explicando el sionismo como una forma de fascismo, porque semejante enfoque depende lógicamente del discurso obligatorio («ideología del Holocausto») emanado de la misma oligarquía que se pretende cuestionar.
¿POR QUÉ TODOS LOS GENOCIDIOS NO PUEDEN SER MEDIDOS POR EL MISMO RASERO QUE EL HOLOCAUSTO?
La reinterpretación del pasado implica, en primer lugar, que la oligarquía vencedora de la Guerra Europea de 1914-1945 ha cometido todos los crímenes tipificados en el Estatuto del Tribunal Militar de Nüremberg después de dicha tipificación y no, como en el caso de los nazis, antes de la misma, vulnerándose en ese juicio el principio de legalidad y aplicándolo, por si fuera poco, de forma parcial sólo a los supuestos crímenes nazis, pero no a los crímenes comunistas u occidentales. Después de la Declaración de Moscú se han perpetrado como poco, en efecto, los siguientes crímenes de lesa humanidad: 1/ genocidio del pueblo palestino entre 1948-2026 y genocidio del pueblo alemán (que empezó antes del Holocausto y lo provocó como respuesta vindicativa sin obedecer a un plan estatal o a una decisión de los mandatarios nazis: véase interpretación funcionalista extrema del Holocausto); 2/ crímenes de guerra: Hiroshima/Nagasaki, Vietnam, bloqueo de Irak…, terrorismo financiado por los Estados vencedores; 3/ crímenes contra la paz: invasión (2003) de Irak, guerra de Irán (2025, 2026), centenares de guerras ilegales contra países soberanos emprendidas por los EE.UU. después de 1945.
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Respecto a los crímenes que no fueron castigados retrospectivamente, siendo teóricamente imprescriptible el delito de genocidio y los crímenes de lesa humanidad en general (pero sólo para los crímenes del fascismo), la lista es tan extensa que hace palidecer los crímenes del nacionalsocialismo, pero como poco incluyen los siguientes, divididos en dos bloques: a/ crímenes del comunismo, antes y después de Nüremberg, con alrededor de 100 millones de muertos; b/ crímenes del liberalismo, empezando por el exterminio de la población autóctona de América (genocidio), la esclavitud negra en los EEUU (genocidio), la invasión y anexión de México (crimen contra la paz) y todos los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el imperio británico (Irlanda, Irán, India, Australia, China, bloqueo naval de Alemania en la Primera Guerra Mundial, que provocó el nazismo…) que, en su mayor parte, son genocidios, con más de cien millones de muertos, a los que hay que añadir las hambrunas y mortandades generadas por el sistema económico liberal neocolonial en el Tercer Mundo después del juicio de Nüremberg, catástrofes humanitarias resultado de la codicia especulativa de la oligarquía, con 10 millones de muertos anuales, como poco, y un balance de más de mil millones de víctimas inocentes.
Una vez analizadas las cifras de los crímenes de lesa humanidad (genocidios, crímenes de guerra, crímenes contra la paz) perpetrados por los presuntos defensores de los derechos humanos y la democracia que los instituyeron con una mezcla de hipocresía y cinismo nauseabunda y, por otro lado, el fraude de lo que podríamos denominar, con Norman G. Finkelstein, la «ideología del Holocausto», resulta difícil, salvo a costa de una bochornosa deshonestidad intelectual y moral, continuar narrando la historia desde la perspectiva del antifascismo oficial (que incluye no sólo el de los llamados antifas, sino el antifascismo institucional de derechas e izquierdas).
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La oligarquía financiera judía que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, en algunos casos, incluso antes, ha perpetrado estos crímenes de lesa humanidad, no se limitó a ignorarlos con total descaro mientras peroraba sobre la «barbarie nazi», sino que ha intentado, por si fuera poco, destruir las pruebas (Operación Legacy) o minimizar su horrenda realidad, sin que, en este caso, se le haya aplicado el tipo penal de banalización o justificación del genocidio, una práctica habitual a lo largo de décadas que explica la ignorancia de la población y el lavado de cerebro a que ha sido sometida la mayor parte de la gente desde lugares como Hollywood, los medios de comunicación de propiedad judía e incluso el mundo de la cultura literaria de masas. La complicidad de las universidades, haciendo y deshaciendo carreras docentes y científicas en función del sometimiento, o no, al dogma oligárquico, es también un hecho vergonzante sobre el que algún día las autoridades académicas tendrán que rendir cuentas.
La tradición de la crítica ilustrada europea ha sido traicionada y sometida a los delirios colectivos paranoicos de un supuesto «pueblo elegido» con derecho (divino) a doblegar y exterminar a «las Naciones» (goyim). Es necesario, por tanto, empezar desde cero y arrojar a la basura la mayor parte de lo que ha sido escrito, dicho y publicado al respecto desde 1945. Sólo así podremos salvar la cultura europea de la barbarie que los oligarcas están promoviendo con total impunidad. La resistencia tiene que ser pacífica pero enérgica y clara en sus manifestaciones, debe vencer con la verdad en la mano para poder superar el tribalismo judío que controla las armas de destrucción masiva. No hay otra opción. O crítica radical del judaísmo o en esta generación contemplaremos el final de la humanidad. Nuestra intención en CARRER LA MARCA ya no es hacer el seguimiento, excepto en casos muy relevantes, de las novedades bélicas y políticas, sino en reinterpretar las informaciones de los media del sistema oligárquico desde el background cultural e ideológico que nuestra publicación ha ido acumulando durante una década. Además, realizaremos trabajos de síntesis, como el presente, que implican: 1/ una relectura de la «ideología del Holocausto» tirando del hilo conductor el mito de las «armas de destrucción masiva» de Saddam Hussein o de la «amenaza nuclear» iraní, entre otros bulos de la hasbara sionista; 2/ una interpretación alternativa del fascismo y del nacionalsocialismo desde la perspectiva del 7.O palestino o de la resistencia del régimen iraní a la oligarquía financiera judía. Ambas circunstancias no implican que Saddam Hussein, Hamas o el régimen iraní, por no hablar de la dictadura china, constituyan dechados de perfección política y moral democrática, pero no cabe duda de que sí representan, en estos momentos, y habría que preguntarse el porqué, la única resistencia real contra los mayores criminales de la historia (cuya «democracia», por otro lado, no es más que una «dictadura de los bancos»). ¿Lo fueron también el nacionalsocialismo y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial? La respuesta es que no puede resistirse a la oligarquía financiera judía en el marco legal de los derechos humanos y la «democracia», constructos ideológicos que la propia oligarquía utiliza para sus políticas genocidas. De hecho, cuando hablamos de democracia en este contexto, tendríamos que decir, en realidad, liberalismo, pero el liberalismo, en grado creciente (neoliberalismo, ultraliberalismo, libertarianismo…) es un instrumento de destruccción de las sociedades y no un camino para quienes se oponen al dispositivo de dominación oligárquico.
Ahora bien, ¿no hemos dicho que la victoria contra la oligarquía sólo puede proceder de la verdad y no de una contra-violencia con la que, hay que decirlo, la causa resistencial estaría perdida de antemano porque los medios tecnológicos de aniquilación oligárquicos son absolutamente desproporcionados frente a aquéllo que puede surgir de la vieja consigna «el pueblo unido jamás será vencido»? ¿Y esta victoria pacífica, con meras palabras, no es precisamente el rosado liberalismo y sus fantasías progresistas? En absoluto: la verdad como resistencia es suficiente, cuando alcance una masa crítica de receptores, para deslegitimar el sistema oligárquico siempre y cuando que esa verdad llegue hasta las últimas consecuencias y ejerza un efecto devastador sobre los mitos del sistema, empezando por el cristianismo y el progresismo buenista. La alternativa es, por tanto, sí, el discurso crítico racional y no la violencia, pero un discurso que el sistema oligárquico sólo podrá calificar de «fascista«. La población está sumergida en un sueño y es este conjunto de utopías el que le impide paralizar el sistema oligárquico mediante, por ejemplo, una huelga general política masiva. Y es cierto que nosotros defendemos la democracia, pero no el liberalismo. Democracia significa voluntad de la mayoría y ésta debe ser ilustrada para evitar caer en la manipulación de los medios de comunicación de propiedad oligárquica. Democracia griega, nunca sanedrín judío (=dictadura encubierta de los ricos). Resistencia significa, por tanto, información veraz. La información veraz, que debe serlo, repito, hasta las últimas consecuencias y no detenerse ante el relato oligárquico de la Segunda Guerra Mundial, es ya lucha y no una mera preparación para un enfrentamiento físico posterior, al menos mientras no exista un Estado fascista capaz de enfrentar el terror tecnológico oligárquico con un contra-terror tecnológico equiparable (como está sucediendo ahora mismo en la guerra Israel-Irán —y con toda justicia). Cuando eso ocurra, es decir, tan pronto como se haya erigido el Estado fascista en Europa y Rusia —Eurasia— y sólo entonces, podremos plantearnos, si no queda más remedio, redefinir las reglas del juego y hacerle probar su propia medicina, militarmente hablando, al «pueblo escogido».
Jaume Farrerons PhD
Figueres, la Marca Hispànica, 22 de marzo de 2026
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