POCO IMPORTA QUIEN FIGURE COMO TITULAR DEL GOBIERNO EN ESPAÑA: SÓLO ADMINISTRA EL FEUDO DE UN VASALLO DE LOS EEUU. El ya clásico La CIA en España. Espionaje, intrigas y política al servicio de Washington (Madrid, Debate, 2006), de Alfredo Grimaldos, aporta todos los datos básicos necesarios para verificar las afirmaciones que hacemos a continuación. En materia de política interior española únicamente ostentan relevancia periodística los casos de corrupción. Es irrelevante que el titular del gobierno nacional (¿?) sea Felipe González, M.Rajoy, Pedro Sánchez, Rodríguez Zapatero o Ansar. Menos importa todavía si gana las elecciones el PSOE o el PP o si Sánchez gobierna en coalición con Unidas Podemos y los separatistas. La pluralidad de partidos se caracteriza por implementar distintas cláusulas de un solo programa, a saber, el programa del partido único, oligárquico. Si usted vota a la derecha, vota neoliberalismo económico (recortes, ajustes, privatizaciones, deslocalizaciones e inmigración masiva…); si usted vota a la izquierda, vota neoliberalismo social y cultural (multiculturalismo, regularizaciones de inmigrantes, políticas de género, políticas LGTBI, aborto…). Muchas siglas, un sólo proyecto de destrucción de la civilización. El Reino de España, en todo caso, dejó de existir hace ya mucho tiempo como Estado independiente capaz de aplicar una política propia que defienda los intereses morales y materiales de la mayoría trabajadora, meollo de la nación. España, aliada de Alemania e Italia en la Segunda Guerra Mundial, era todavía un país soberano, pero desde que Franco, para perpetuarse en el poder, vendió el país a los EEUU, la soberanía nacional española entró en el mundo de la ficción. La gran traición fue, en consecuencia, perpetrada por la «derecha»… y ratificada por la «izquierda» durante la Transición. Creer lo contrario por «patriotismo» mal entendido alimenta la fantasía que sustenta y perpetúa nuestra humillante situación de postración. Por el mismo motivo, esperar que la izquierda (ayer Podemos, ahora Sumar) corrija el entuerto, nos remite del género fantástico al género cómico de la narración mediática. En cambio, la nación española todavía no se ha extinguido completamente por mucho que, conviene subrayarlo, emprendiera hace décadas el camino hacia el escueto memorial arqueológico.  De los trabajadores españoles dependerá, en un futuro que no puede ser ya muy lejano, la restauración de la soberanía popular y nacional, una revolución patriótica y social que, o bien refundará el Estado como República Hispánica, o bien, caso de ser derrotada, consagrará la actual Sefarad —«Reino de España»— con los territorios catalanes y vascos definitivamente amputados.

EEUU VASALLO DE ISRAEL (3). EL TRIBUTO

LA CUMBRE DE LA OTAN EN MADRID CONVALIDA LA RELACIÓN DE VASALLAJE ENTRE EEUU Y ESPAÑA

La despectiva fórmula de sumisión política indigna que hemos denunciado vale empero para muchos otros países, incluidos los de la UE. La historia de la Posguerra europea constituye en lo fundamental la crónica de la intervención masiva, criminal y obscenamente neocolonial de los EEUU en la política interna de cada país, excepción hecha de Gran Bretaña, como hemos demostrado en Gladio o las atrocidades de la OTAN contra la ciudadanía europea. En Italia, las autoridades llegan incluso a organizar golpes de Estado y sanguinarios atentados contra los propios ciudadanos italianos utilizando como mercenarios a escoria de la extrema derecha y renegados ex fascistas anticomunistas cuya única obsesión es la URSS. Encontramos a esos mismos ultras de Gladio en España, refugio de las cloacas «neofascistas» [=antifascistas de derecha] de Italia, pero con nombres propios. El entero Estado español era a la sazón Gladio y lo es todavía a día de hoy (11-M). Desde la caída de De Gaulle (provocada por la primera revolución de colores: mayo de 1968) y, singularmente, tras la llegada al poder de Georges Pompidou y luego del judío Nicolás Sarkozy, los EEUU desarrollan su política neocolonial también en Francia, donde la oligarquía, representada por el títere de los Rothschild Emmanuel Macron, pretende desmantelar el Estado social heredado del nacionalismo social gaullista y colocar el país al nivel que lo quiere la oligarquía, a saber, el del Tercer Mundo. Y ya no digamos en Alemania, pseudo nación que dejó de existir en 1945 y debería denominarse irónicamente Asquenaz (término judío para referirse a dicho ex país) si todavía les quedara a los alemanes un poco de orgullo nacional, que no es el caso.

Todo se decide fuera y no sólo en Bruselas, ramera del FMI, sino singularmente en el Pentágono, el Departamento de Estado o la Casa Blanca, aposentos residenciales del lobby israelí. El presidente español (¿?) es un mero administrador delegado de la oligarquía financiera occidental en Sefarad, el gran nadie local que aplica las políticas dictadas por Sión para lucro y tiranía de una pandilla de multibillonarios racistas «víctimas» de «el Holocausto». A los patriotas españoles hay que recordarles los hechos con cierta vehemencia, especialmente cuando observamos que sufren por el peligro que representan los independentistas catalanes y vascos o cuando protestan por la supuesta amenaza  venezolana e iraní —puramente delirante— encarnada por Pablo Iglesias: España no «tiene» un Estado, sino que una administración borbónico-cipaya extranjera «tiene» a España y en eso consiste el «Estado» español. Y así como EEUU es vasallo de Israel, España es vasallo de los EEUU y, a fortiori, también de Israel. Verdadero Estado, este sí, que mediante su ubicua trama masónico-mafiosa y financiera escribe en Jerusalén los destinos de los EEUU (como hemos demostrado en otros artículos) en perjuicio, si es menester, de los mismísimos ciudadanos estadounidenses (11-S).

EL EX PRESIDENTE ITALIANO FRANCESCO COSSIGA ACUSÓ A EEUU E ISRAEL DE ORQUESTAR EL 11-S

A los independentistas catalanes conviene aclararles, por su parte, que la fundación de un presunto Estado cataláncatalán en hebreo: קטלונית [«catalanit»]—, controlado por la mafia sionista convergente, no garantizaría la soberanía popular de los catalanes; antes bien, lo que sí dejaría «bien atado» en ese Estado-títere sería la opresión del pueblo catalán por una oligarquía parasitaria extractiva (convertida al judaísmo o al sionismo cristiano). El único mérito —si puede ser calificado así— de los convergentes ha consistido en intentar saltarse varios escalones jerárquicos intermedios de la pirámide del poder mundial y buscar el sometimiento directo al amo real de Occidente, es decir, Israel, esperando que las migajas del plato caídas al suelo fueran más grandes en exclusivo beneficio de la oligarquía regional. Por lo demás, si los españoles no son independientes por el simple hecho de «tener» un Estado» «español» «propio», ¿por que iba a ser diferente con los catalanes?

Convergent bo, convergent a presó.

El independentismo catalán entraña una ingenuidad malévola del mismo calibre que el pseudo patriotismo español de las derechas (PP, Vox, C’s…), todos ellos —independentistas y constitucionalistas— lacayos abyectos sin honor ni dignidad del mismo poder extranjero. En cambio, Rusia sí es todavía a día de hoy una nación soberana (aunque quizá ya por poco tiempo) y la cruzada de Occidente contra Vladimir Putin va precisamente de eso, a saber, de robar a los rusos su soberanía y convertir el Estado ruso en una nueva colonia  gobernada por oligarcas sionistas —judíos o rusos cristiano-ortodoxos obedientes al «pueblo escogido».

TODO EMPEZÓ EN 1945 CON LA DERROTA DEL FASCISMO

Serrano Suñer, declarado partidario del Eje, ha sido destituido del cargo de ministro de Asuntos Exteriores un poco antes, en septiembre de 1942. En ese momento, las cosas empiezan a ponerse mal para los nazis en Europa y el régimen de Franco considera que hay que llevarse bien con los Estados Unidos, que cada vez tiene más papeletas para convertirse en el nuevo «padrino» del mundo occidental (Alfredo Grimaldos, op. cit., p. 35).

Cuando Alemania fue derrotada, derrotada fue también España. De hecho, derrotada lo fue toda Europa, pero en primer lugar quienes habían luchado por ella, alemanes e italianos y, en segundo lugar, los países amigos del Eje. (A continuación, no lo olvidemos, por mucho que ésa sea otra historia, les llegó así mismo su merecido turno a los países europeos occidentales vencedores: ingleses, franceses, belgas, holandeses… que se vieron forzados a amortizar sus imperios coloniales para librarlos gratis al neocolonialismo económico judeo-estadounidense.) La URSS todavía tardaría 46 años en ser desmantelada, pero el hecho es que a la postre desapareció, de forma repentina, el año 1991. En Occidente, la oligarquía ha derrotado sucesivamente, por tanto, a: 1/Alemania, 2/Italia, 3/Francia, 4/Reino Unido y 5/Rusia, todas las potencias europeas, una tras otra. España había sido ya derrotada —y humillada— en 1898. En Oriente, el Japón también cayó en 1945 pero todavía les queda a los sionistas mucho trabajo por hacer (China, India, Irán…). (Mientras tanto, aquí los «patriotas» andan muy angustiados por el peligro amarillo, cuando el mayor peligro es su propia tontería cristiano-blanca). 

Así las cosas, entre los países amigos del Eje se contaba la triste España. Hasta el punto que los republicanos españoles, en el exilio y en el interior (donde el maquis se organizó a tales efectos para la resistencia), frotábanse ya las manos, siendo así que tenían la certeza de que Franco, como dictador presuntamente fascista, terminaría siendo derrocado y ajusticiado por los aliados. Éstos, en efecto, llegaron a armar y entrenar a grupos de guerrilleros republicanos para derrocar al Caudillo, pero cuando, en el marco de la Guerra Fría, los correspondientes engendros del pueblo escogido cambiaron de opinión, las identidades de los rebeldes fueron filtradas a la policía franquista. [Citamos la obra de Alfredo Grimaldos ya referenciada pero según la paginación de la edición en papel, la cual no coincidirá necesariamente con la del pdf que hemos enlazado supra e infra]:

Este plan conduce a la creación de escuelas de preparación guerrilera entre los exiliados españoles, básicamente comunistas y anarquistas, tanto en Marruecos como en Argelia. Las escuelas están controladas por los servicios secretos norteamericanos a través de la OSS y la OWI (Office War Information). Los españoles seleccionados desembarcan en las costas de Málaga, en las playas de Cantarriján y La Caleta, con el objetivo de recoger información para los servicios de inteligencia estadounidenses. Éstos, a cambio, favorecen el contacto entre los republicanos y los grupos de huidos de la costa andaluza. Además, introducen armas en España. Las acciones acaban de forma brusca en febrero de 1944, como resultado de una importante caída de comunistas en Málaga que se extiende por toda España. Muy posiblemente, los propios norteamericanos dan el chivatazo que permite a los franquistas acabar con unas operaciones que ya no le interesan a Washington (op. cit., p. 38).

Fuente principal, op. cit., Alfredo Grimaldos, en pdf:

https://ametzagainadotorg.files.wordpress.com/2020/08/alfredo-grimaldos_la-cia-en-espana.pdf

Ahora bien, Franco no era fascista, sino católico. Y el catolicismo, con su concepto de Iglesia supranacional, representa la primera fase histórica del proceso de la globalización occidental, promovida en el siglo XVI por España y Portugal. Para Franco, la principal amenaza a que se enfrenta el catolicismo de la Posguerra es el comunismo, de tal suerte que debía de encontrarse muy cómodo en el lado profética y teológicamente correcto —aunque harto subordinado— del Occidente humanistacristiano.

España, en cuanto nación ontológicamente anterior al proyecto católico —conviene entender bien este punto—, no le importaba mucho al dictador. Importábale, como verdadero creyente que era, su vida eterna personal en el paraíso y las restantes chucherías mágicas ofertadas por esta pseudo religión judía a todos los apóstatas de la comunidad (meramente) carnal —apostilla catequética literal de la doctrina eclesiástica— que pueblan el mundo de la derecha política y social. Así que, por su parte, Franco ignoró los virtuales reparos ideológicos nacionalistas al pacto de compraventa nacional con los EEUU porque, en su ideario, dichas objeciones carecían de fundamento. Al contrario, Franco estaba siendo completamente coherente con la  ideología católica, rabiosamente anti-nacional, cuando vendió la «comunidad carnal». Por si fuera poco, Franco se jugaba su continuidad como jefe del Estado (e incluso su supervivencia física si era capturado por los republicanos). La perpetuación del régimen franquista pasaba necesariamente por la entrega del país a los estadounidenses y, por ende, a «los judíos».

En definitiva, 1/ la coyuntura histórica internacional, con el inicio de la Guerra Fría; 2/ la ideología católica mundialista y 3/ el interés personal del dictador y su deseo de aferrarse al poder tras la derrota militar del fascismo, convergieron en nefasta sinergia para hacer posibles los hediondos pactos de Madrid de 1953.  No obstante, antes de llegar a este punto, Franco ya había traicionado a alemanes e italianos, justamente aquéllos que luchaban por la soberanía nacional y habían hecho posible el triunfo del Caudillo en la Guerra Civil (1936-1939); aquéllos a quienes, en definitiva, les debía todo. El mero paso del Estrecho habría sido imposible para Traidorísimo sin el sostén técnico y logístico de las aviaciones alemana e italiana:

Desmond Bristow, uno de los principales agentes británicos que actúan en España durante esos años, revela que Franco ayuda en secreto a los aliados, contra los nazis, y que el Reino Unido y Estados Unidos conspiran, desde antes del final de la Segunda Guerra Mundial, para mantener a Franco en el poder. «Franco nos vendía mineral de hierro, volframio y mercurio. Sin estos productos no habríamos podido colocar ni un solo tanque en el desierto contra Rommel», escribe el veterano agente, que elige la localidad malagueña de Nerja para residir en ella tras jubilarse de su ajetreada carrera de espía. Al principio de la guerra, el volframio que se produce en el interior de Galicia sale asiduamente hacia Alemania desde el puerto de Vigo. Pero, a medida que avanza el conflicto, el Gobierno de Franco acuerda exportar también este mineral a los ingleses, en asociación con el Gobierno portugués (op. cit., p. 39).

Franco, en calidad de católico, apuñaló así por la espalda a Hitler en un momento clave de la guerra y ayudó decisivamente a inclinar la balanza del conflicto en favor de los sionistas angloamericanos y de los comunistas soviéticos. Por este motivo se puede y se debe sospechar de todo cristiano verdaderamente creyente que constituye un traidor en potencia o en acto: el valor supremo del cristiano, en efecto, no es la nación, sino Dios, es decir, su supervivencia eterna privadísima y personal  en el paradisíaco Reino judío de Yahvé, el cual empieza ya aquí con los signos soteriológicos de riqueza o éxito terrenal. Premio/recompensa que el judeo-cristianismo ha prometido a quienquiera y dondequiera que anide su causa para disponer, precisamente, de una quinta columna de traidores en el seno de todas las naciones del mundo. La bíblica puta Rahab. 

GLADIO O LAS ATROCIDADES DE LA OTAN CONTRA LA CIUDADANÍA EUROPEA

LA PRÓRROGA INDEFINIDA DE LA TRANSICIÓN

Si la venta de España a los norteamericanos —por parte de alguien que se promocionó a sí mismo, ante todo, como español—, causa justa indignación entre los genuinos patriotas, la renovación del contrato franquista perpetrada por Felipe González producirá auténticas náuseas a todo aquél que, considerándose a sí mismo de izquierdas —y, por tanto, moralmente superior (¿?) a la «gentuza» de derechas, conozca los putrefactos pormenores del evento. Franco había conseguido salvar el culo (y hasta el alma), con perdón, vendiendo la nación española a la nueva espada evangélica de la fe denominada Pentágono. Para decirlo con los hermanos Marx: «estos son mis principios, Herr Hitler, pero si no le gustan tengo otros, mister Eisenhower». Llegados a la inminente Transición en los años setenta, la principal preocupación de los estadounidenses respecto de España reducíase a prorrogar el contrato de compraventa nacional, que el acceso al poder de grupos políticos «anti-americanos» de izquierdas podía rescindir. Con ese fin, el Pentágono y el propio régimen franquista diseñaron con la suficiente antelación una estrategia de transición al vasallaje definitivo en la que resultaba crucial que un falso partido de izquierdas firmara la prórroga indefinida en cuestión (que la pasada cumbre de la OTAN en Madrid ha ratificado). Es entonces cuando aparece de la nada un joven y ambicioso «socialista» llamado Felipe González Márquez. Conviene puntualizar que, como se desprende de la información que daremos a continuación, Felipe no «traicionó» el socialismo del PSOE, sino que, más bien, fue desde el principio un tapado del Pentágono y del propio régimen franquista para diseñar en España la fachada de un falso partido de izquierdas que dejara «atado y bien atado» el pacto de 1953. Toda la historia posterior acredita que el PSOE felipista no es un partido de izquierdas, sino un partido de derecha liberal hábilmente disfrazado de pseudo progresismo masónico wigh. De la misma forma que Vox constituye un artefacto electoral diseñado en el Pentágono y no un partido nacionalista patrio, el PSOE de Suresnes nunca fue socialista, ni obrero, ni español. Aunque, atención, no nos equivoquemos, de la Transición no se salva nadie, excepción hecha de quienes fueronexpresamente anulados y apartados: una garantía de honestidad. Tampoco Santiago Carrillo era extraño a la casta, a la sazón en fase de gestación: el líder eurocomunista estaba tan dispuesto a venderse —y de hecho se vendió— como cualquiera entonces, pero Washington prefería a alguien de currículo más confiable e inclinado al beneficio personal que un hombre con el pasado republicano del PCE a cuestas:

El New York Times publica en 1975, poco antes de la muerte de Franco, que la CIA mantiene importantes relaciones con todos los partidos políticos españoles para buscar una salida al régimen, incluido el PCE (Partido Comunista de España) de Santiago Carrillo. Dos años más tarde, el secretario general de esta formación será invitado a viajar a Estados Unidos, caso único en la historia de los partidos comunistas, cuyos dirigentes han tenido prohibida la entrada en Estados Unidos (Alfredo Grimaldos, op. cit., p. 12).

Ni qué decir tiene que, en los años de vigencia del pacto de 1953 hasta la Transición, España había sido completamente penetrada por la CIA, organización criminal que controla 1/ la formación del futuro heredero de la monarquía, el príncipe Juan Carlosde Borbón, quien debe ser educado como perfecto profesional de la traición —hecho que quedará acreditado durante el 23-F, golpe de Estado orquestado por el Pentágono—; 2/ buena parte de la cúpula militar y hasta de los oficiales del glorioso Ejército español, quienes cobran un segundo sueldo de la CIA y realizan tareas de espionaje para festivo jolgorio de los verdaderos amos del país. En el Capítulo 4 («Colonizados por la CIA») de la obra de Grimaldos, se explican muchos detalles de la ignominia española que aquí no podemos detenernos a describir con todo el minucioso detalle que merecen. Al parecer, la captación de militares españoles por parte de la CIA había empezado empero ya antes de los pactos de 1953:

En 1947, cuando se crea la Agencia, con el mundo dividido en dos bloques antagónicos, el asunto está ya muy claro: los norteamericanos deciden mantener al Caudillo bajo palio y utilizar sin trabas el suelo español como plataforma militar. Comienza la captación de oficiales del Ejército franquista para servir al poderoso aliado estadounidense (op. cit., p. 14).

Sobre la casta política, que se funda entonces:

A finales de los cincuenta, los servicios de Estados Unidos «tocan» a jóvenes socialistas para tenerlos como permanente fuente de información sobre las actividades de la oposición comunista. Carlos Zayas, Joan Raventós o José Federico de Carvajal son algunos de ellos. Otro socialista de postín que mantiene relaciones con los servicios norteamericanos es el actual Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, quien, por su ascendencia judía, también goza de buenos contactos con el Mossad israelí (ibídem).

Especialmente significativo por lo que respecta al futuro rey Juan Carlos I es el testimonio del militar español Manuel Fernández Monzón, encargado por el gobierno franquista de operar como enlace con el Pentágono (p. 17). Palabras literales de este oficial de la Contrainteligencia (p. 18):

«No es verdad todo lo que se ha dicho de la Transición. Como eso de que el rey fue un motor. Ni Suárez ni él fueron motores de nada (…) sólo piezas importantes de un plan muy bien diseñado y concebido al otro lado del Atlántico, que se tradujo en una serie de líneas de acción, en unas operaciones que desembocaron en la Transición. Todo estuvo diseñado por la secretaría de Estado y la CIA, y ejecutado, en gran parte, por el SECED, con el conocimiento de Franco, de Carrero Blanco y pocos más» (op. cit., p. 18).

El jefe del Estado, Juan Carlos I (y, hoy, su heredero Felipe V), es un títere:

En la tercera operación diseñada bajo el auspicio de la CIA se determina pormenorizadamente lo que Juan Carlos de Borbón tiene que hacer durante las primeras seis semanas de su reinado. (…) Tras su muerte en accidente de tráfico, sucede a Cano el general Armada. Él es quien concluye la operación, que ha pasado a la historia con dos nombres: en la Casa real la bautizan como Operación Alborada y en el SECED es conocida como Operación Tránsito. Su propósito es que el rey designado por Franco sepa lo que tiene que hacer en todo momento. Por ejemplo, que en los funerales de los jerónimos debe estrecharle la mano con más efusividad al presidente de la República alemana que a Giscard d’Estaing, o que tiene que ser frío y distante con Pinochet… Todo está diseñado al detalle (p. 24).

Títere, pues, en el sentido literal de la palabra. Son también los estadounidenses quienes designan a Adolfo Suárez entre los políticos «fascistas» del Movimiento Nacional que han de liderar la Transición (véanse op. cit. pp. 27, 28-29, 80, 119, 142, 190-192, 194, 196, 242-243, 246), pero sólo hasta las primeras elecciones «democráticas» (Suárez quería más). En el Pentágono insisten en dibujar el perfil del personaje ideal, que, entre otros requisitos, deberá ser muy devoto. Para mantener quietecitos a los restantes candidatos potenciales y prevenir posibles veleidades patrióticas de algún verdadero fascista, se organiza la Operación Jano, consistente en elaborar dossieres personales de todos los capitostes del Movimiento Nacional al objeto de poder chantajearlos si se apartan del guión redactado por Washigton (vid. pp. 27-28). El recalcitrante almirante Luis Carrero Blanco fue asesinado por la CIA precisamente porque, no disponiéndose de información comprometedora («mierda») para usarla contra él, mostró ciertas reticencias patrióticas respecto a determinadas cláusulas bochornosas del contrato de compraventa de España (vid. Capítulo 7, p. 115 y ss). Gracias a Jano, otras ambiciosas personalidades españolas del régimen pudieron ser extorsionadas para someterlas a los designios de la oligarquía: José Antonio Girón de Velasco, José María de Areilza, Manuel Fraga Iribarne… El propio Suárez era un experto en el manejo de la política oligárquica del dossier (vid. pp. 27-29). No hubo, empero, hay que decirlo con pesadumbre y vergüenza, ninguna resistencia seria por parte del bando «nacional». La salvación del alma era más interesante que el sacrificio por la nación y los estadounidenses fueron muy hábiles a la hora de distribuir, entre los traidores a España, signos materiales ostensibles de asegurada elección divina.

CÓMO ACABAR DE UNA VEZ POR TODAS CON EL EXPEDIENTE ROYUELA (1). METODOLOGÍA

FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ

Felipe González es el principal producto de la transición. Sabía cómo se estaban produciendo las cosas y estaba de acuerdo con ellas… (p. 25).

«Nuestra impresión entonces era que el líder ideológico, el que pensaba más largo, más rápido y con más calado era Pablo Castellano. El mayor peso moral lo tenía Nicolás Redondo. Felipe González nos pareció un conversador hábil, brillante, con «charme»… Pero, de pronto, sacó un largo Cohiba, lo encendió con parsimonia y se lo fumó como un sibarita. A mí este pequeño detalle me chocó, me extrañó. Era un trazo burgués que no encajaba con sus calzones vaqueros, con su camisa barata a cuadros, ni con su izquierdismo… En mi informe oficial no mencioné esa bobada del habano ni lo que me sugirió. Pero en mi agenda privada de notas sí que escribí: ‘Felipe González, el sevillano, parece apasionado pero es frío. Hay algo en él de falso, de engañador. No me ha parecido un hombre de ideales, sino de ambiciones'» (p. 143).

La clave de la Transición es Felipe González. Él debe abortar una posibilidad ideológica real que representa, para el Pentágono, la peor pesadilla, a saber, un partido revolucionario de izquierda nacional —socialista, obrero y español— que frustre, con amplio apoyo popular, la sumisión de España a la oligarquía. La tarea de Felipe consistirá en usurpar ese espacio social, político y electoral para traicionarlo de forma sistemática en provecho de Washington. Su primer encargo será hacerse con el control del PSOE, que el 14 de octubre de 1974 celebra su XIII Congreso en Suresnes (Francia). Son los propios servicios de inteligencia franquistas, conchavados  con Washington, quienes tramitan los pasaportes y escoltan al traidor hasta el lugar de la fechoría:

Otro aspecto clave para entender el diseño de la política española realizado por los servicios norteamericanos es la toma del poder, dentro del PSOE, de Felipe González y los suyos en Suresnes, en 1974. El político sevillano acude a esta pequeña localidad francesa situada cerca de París escoltado por los oficiales del SECED, el servicio de información creado por el almirante Carrero Blanco. Ellos son también quienes le proporcionan el pasaporte (p. 15).

El objetivo de la operación es derrocar al líder honesto del PSOE, a saber, Rodolfo Llopis, quien nunca reconocerá este verdadero golpe de Estado —¡¡¡que lo era en todos los sentidos de la palabra!!!—, quedando arrinconado bajo la sigla de PSOE (Histórico) con el resto de los «hombres de fuera» (en el exilio):

También en el caso del PSOE los servicios de información apoyan a los «hombres de dentro», aquí con absoluto éxito. El SECED expide en 1974 los pasaportes que permiten a Felipe González y los suyos viajar a Francia, y escolta al emergente político sevillano hasta Suresnes, donde alcanza la Secretaría General del partido. El sector histórico encabezado por Rodolfo Llopis queda fuera de juego. Los oficiales del SECED José Faura y Juan María Peñaranda tienen un destacado papel en estos acontecimientos (pp. 24-25).

Felipe les recompensará por ello; siendo ascendidos, con el tiempo, al rango de generales. Además, Faura llegará a ser teniente general y jefe del Estado Mayor del Ejército. Esto ocurre en 1994, es decir, con Felipe como presidente del Gobierno. Toda una recompensa por su traición a España, aunque, como hemos podido ver, con estos militares patriotas españoles tan devotos de Yahvé no hacen falta traidores: ellos nos protegen de la amenaza comunista incluso décadas después de la desaparición del comunismo. Ahora nos protegen de las amenazas rusa, china e islámica, a cual mayor (según convenga). Al parecer, en Suresnes pululaban más policías y espías que políticos y este solo dato pone en evidencia cuál fue el verdadero «espíritu de la Transición«:

«Desde el servicio se convence a Nicolás Redondo, padre, que deje paso a Felipe González y él se quita de en medio, compartiendo que es buena idea abrir camino a gente joven del interior», asegura el general Fernández Monzón, y prosigue: «Allí en Suresnes hubo mucha gente. Había más policías y miembros de los servicios de información que socialistas. Pero ya antes, en 1972, se había conseguido que de los 16 miembros de la Comisión Ejecutiva, nueve fueran del interior» (p. 25).

El espíritu de la Transición es, por tanto, el espíritu de la Gran Traición. Como demostraremos en posteriores artículos sobre la materia y, más en concreto, el 23-F, no se trataba tanto de traer la democracia a España cuanto de traer España a la cesta del Pentágono. El principal objetivo de la Transición fue demoler por su base la soberanía española y erigir la fachada de cartón-piedra de un falso Estado cuyo único incentivo, para los políticos profesionales, será enriquecerse a costa de las instituciones, o sea, la corrupción. La corrupción no designa ciertos casos anecdóticos, más o menos numerosos («pocos» o «muchos»), sino la esencia misma del pseudo Estado que vendió la soberanía nacional a la oligarquía financiera a cambio de que los políticos traidores —de Franco a Pedro Sánchez, de Juan Carlos I a Felipe V— pudieran organizarse —legalmente blindados— como una casta que se ha hinchado a robar y saquear impunemente los fondos públicos del país en nombre de la «democracia». Los políticos corruptos, en consecuencia, no han traicionado el espíritu de la Transición, sino que han sido fieles, si esto es posible, al espíritu de la traición, que ellos encarnan hasta las últimas y hoy bien visibles y aborchonantes consecuencias.

Jaume Farrerons

Figueres, la Marca Hispànica, 11 de julio de 2022.

GLADIO O LAS ATROCIDADES DE LA OTAN CONTRA LA CIUDADANÍA EUROPEA

Principios, normas y valores de esta publicación

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