EL CULEBRÓN JUDICIAL Y PERIODÍSTICO ESPAÑOL (UNA INTERPRETACIÓN FASCISTA)

SUCEDÁNEO DE LA POLÍTICA REAL. Cuando un país ha perdido su soberanía nacional y todas las cuestiones políticas importantes se deciden en el extranjero (la Casa Blanca, el Pentágono, Bruselas…) hay que fabricar, de cara a la opinión pública, un teatrillo que mantenga viva la ilusión de que vivimos en un mundo libre con proyectos políticos enfrentados entre los que «democráticamente» podemos elegir. Un culebrón, además, donde se han repartido los papeles de buenos y malos, nada es lo que parece (psicología inversa) y todos los actores concurren a construir la imagen de un líder progresista acosado por el «fascismo». Algún día nos enteraremos, tal vez, de que ese supuesto progresista —Pedro Sánchez— fue siempre el principal aliado y hombre de confianza del Pentágono, Wall Street, la City de Londres, el sionismo y el Estado de Israel. A la derecha cipaya le quedó, como compensación, el reparto del botín: robar, prevaricar y mentir con total impunidad. Para entender tan rabiosísima actualidad hay que remontarse, empero, al pasado, origen de ese Estado vasallo donde somos y seremos siempre súbditos, nunca genuinos ciudadanos.
LOS PACTOS DE 1953
La España actual se funda, en realidad, mucho antes de la Transición, cuando el país deja de ser un ex aliado («fascista») del Eje y se incorpora al «mundo libre» como hermano menor, como niño con retraso pero indudablemente leal al poder oligárquico-neocolonial que rige los destinos del mundo occidental. Son los pactos bilaterales entre España y EEUU de 1953, firmados por el Generalísimo Franco, en los que el dictador, a cambio de su supervivencia política —como régimen— y personal —como dirigente—, entregaba la soberanía nacional a la potencia hegemónica y, por ende, a su oligarquía financiera rectora. La llamada Transición («democrática») es de hecho una continuación encubierta de este régimen y no un régimen nuevo (el llamado R-78). No hubo verdadero cambio de régimen. Y ahí está la trampa. Hablemos mejor, por tanto, de R-53, régimen del 53 en la modalidad A liberal-Pinochet o en la modalidad B liberal-pseudo-«democrática». Perpetuación del poder oligárquico franquista con apariencia democrática que debía garantizar, en primer lugar, la sumisión de España al Occidente «humanista cristiano» y su consolidación como Estado vasallo con envoltorio liberal. Sobre este punto me remito a la obra de Alfredo Grimaldos La CIA en España:
https://www.universitat.cat/ucpc/wp-content/uploads/2025/09/Alfredo-Grimaldos-La-CIA-en-Espana.pdf
No vamos a repetir aquí lo que ya hemos expuesto en otros lugares. Baste recordar que la principal pieza de ajedrez del régimen, tras la muerte de Franco y la toma de posesión de Juan Carlos I, no va a ser Adolfo Suárez González (aunque a él le costó entenderlo), sino Felipe González Márquez.
DE FELIPE GONZÁLEZ A PEDRO SÁNCHEZ
El Pentágono no estaba preocupado por la derecha española, que ya se había vendido gustosamente a la potencia ocupante a despecho de su presunto «patriotismo», sino por el electorado de izquierdas que —acertadamente— vinculaba el opresor régimen de Franco con el sostén estadounidense y podría, tras la muerte del dictador, generar política real que cuestionara los pactos del 53. Por tanto, para los EEUU fue un imperativo fabricar un «partido de gobierno» capaz de anclar el electorado de izquierdas a los intereses oligárquicos hegemónicos. La oligarquía local, subordinada a la oligarquía financiera occidental engordada por el franquismo, tenía que preservar sus privilegios ejerciendo el poder de España como si el país fuera su finca privada (gladio: de las tramas negras a Villarejo). No otra era la «libertad» que le garantizó el «liberalismo». La figura clave para la institucionalización de esta ignominia fue Felipe González, cuyo verdadero rostro atlantista conocemos ahora ad nauseam. Pero la fraudulenta figura de Felipe, y con ella la credibilidad del PSOE, tenía tarde o temprano que desgastarse. A finales de siglo, tras innumerables traiciones y corruptelas, el felipismo no daba ya más de sí. Aznar soñó —quizá— entonces, en algún momento, con cuestionar la «composición de lugar» del Pentágono salida de la Transición y convencer a sus amos de Washington de que el PP podía también ejercer el papel reservado inicialmente al PSOE actuando de forma todavía más traidora y abyecta (véase el 11-M). Sin embargo, la inteligencia estadounidense siguió emperrada en que el peligro para su hegemonía no vendría en España por la derecha, sino, mucho más probablemente, por la izquierda.
Era menester, por tanto, buscar un recambio a Felipe González.
Y ése fue, finalmente, Pedro Sánchez Pérez-Castejón.
Mientras se gestaba «el relato», Zapatero fue «quemado» por el crack de 2008 y Pablo Iglesias Turrión ejerció como válvula de seguridad a la «izquierda» del PSOE asegurando las políticas neoliberales de inmigración como seña de identidad del progresismo. Para Pedro Sánchez tuvo que fraguarse un presunto descenso a los infiernos y una fantástica lucha con el aparato del PSOE (residuo del desacreditado felipismo) de tal suerte que el nuevo líder de la «izquierda» (¿?) emergiera de las bases del partido como encarnación de un «auténtico político progresista». El ficcionado odio irracional de la derecha fue y es aquí fundamental: el progresismo de Sánchez se legitima «en contraste con» las actuaciones más abyectas del PP, Vox y hasta de grupúsculos de figurantes supuestamente «neonazis» (ejemplo: Núcleo Nacional, apéndice de Vox) que le blanquean y bendicen como «víctima del fascismo». Poco le falta para vestir el pijama a rayas. En efecto, dentro de esa «nueva extrema derecha mundial» surgida de los EEUU, que aquí hemos denominado «fascismo espectral», también corresponde a España un representante, a saber, el infame Santiago Abascal Conde. La función de dicha ultraderecha sionista es quemar, ante la opinión pública, una posible alternativa nacional-popular opuesta a la oligarquía financiera judía. La cual sólo podría proceder de su único adversario histórico conocido, a saber, el fascismo —no en vano convertido en «mal absoluto», literalmente el «demonio», con «Auschwitz» como imagen secularizada del «averno». Adelantarse a esa posibilidad, construirla de forma controlada, asociarla a todo tipo de fechorías, forma parte de una representación mediática, cultural y política más amplia, a escala hemisférica, de la que ya hemos hablado en otros lugares.
EL «FASCISMO» ESPECTRAL
En este contexto general del «fascismo espectral» encarnado por Donald J. Trump y desde las entrañas del PP aznarista, el Pentágono «depone» una variante española del mismo desempeñando idénticas funciones expuestas. Se trata de una psyop (operación psicológica, en este caso de psicología inversa) en virtud de la cual un líder liberal y tan derechista como el propio Alberto Núñez Feijóo, a saber, Sánchez, gana perfil progresista cada vez que es cruel e insaciablemente atacado por el «fascismo». Los lawfare contra su mujer y su hermano, contra el fiscal general del Estado o contra quienquiera que, de forma arbitraria, resulte dañado «en su entorno» —y cuyo daño pueda repercutirle ostensiblemente ante la opinión pública—, tienen como finalidad abonar a Sánchez, tensionar de forma artificial el arco derechas–izquierdas y legitimar a ese falso líder progresista que el Pentágono necesita para controlar al electorado español de izquierdas. La llamada «batalla cultural» constituye el terreno idóneo para jugar con la emocionalidad de la gente y sustraer a la opinión pública el verdadero debate político-económico, donde, en la práctica, todos los partidos del Estado vasallo están de acuerdo en una sola cosa: apuñalar al pueblo y la nación españolas en beneficio de la oligarquía financiera judía.
Véase, sobre la «guerra cultural», el clásico de Frances Stonor Saunders La CIA y la guerra fría cultural: la «fabricación», desde las cloacas del Estado vasallo (gladio), de una «nueva izquierda» que debía neutralizar, en el plano cultural, el comunismo soviético de la coexistencia pacífica y la posible llegada al poder de los partidos comunistas por la vía democrática:
https://www.nodo50.org/cubasigloXXI/b2-img/saunders_la_cia_y_la_guerra_fria_cultural.pdf
La «nueva (y falsa) izquierda» constituye el marco general de todas las imposturas «de izquierdas» que, en realidad, permiten al liberalismo apoderarse del espacio político-social de la izquierda revolucionaria obrera y anti-colonial con reivindicaciones que nada tienen que ver con la revolución económica, social y nacional, sino más bien con la defensa de derechos de «las minorías» (feminismo radical, políticas de género, movimiento LGTBI+, inmigrantes…) en detrimento de la mayoría: los trabajadores nacionales (autóctonos). Por supuesto, para el liberalismo, la primera y más importante «minoría» es la de los superricos, pero este pequeño detalle pasará desapercibido en la recelosa defensa del «individuo» frente a los inquietantes «excesos» del Estado (¡¡¡no de las multinacionales, siendo así que éstas son «privadas»!!!). En semejante «debate» individualista, que se prolonga desde la Guerra Fría hasta en siglo XXI y donde cada sujeto, con su idiosincrasia «especial e irrepetible», se convierte en su propia causa y empresa («emprendedores», «empoderados»…), el PSOE desempeñará en España el rol más importante con la ayuda de una derecha cavernícola que, actuando adrede en ese sentido, le permita a Sánchez «resaltar» su «progresismo» en calidad de defensor de «las libertades». Para tal «izquierda», cuya faz grotesca también debe asegurar la persistencia de la derecha más nauseabunda y contribuir al divisionismo desatado, que un varón sea procesado por la denuncia de una mujer «sin que se hable ya de presunción de inocencia» (Rita Maestre dixit) representa un «progreso». Entre las grotescas caravanas carnavalescas de drag queens y las performances neonazis con gorilas sudados aullando «aquí están los nacionalistas» se abren todas las posibilidades… del liberalismo. Por mucho que la derecha hable de «social-comunismo» para referirse a la izquierda, y la izquierda hable de «fascismo» para referirse a la derecha, todo el espacio es liberal-libertario (véase en Chomsky la acracia como un liberalismo para pobres) y el acontecimiento consiste, precisamente, en el hecho de que los «neonazis» son esperpentos de Vox (partido liberal islamófobo pro-Israel) y los «drag queens» esperpentos de Podemos (partido liberal pro-inmigración). El llamado modelo neo-liberal constituye un proyecto «cultural» de disolución individualista de la comunidad nacional articulado bajo diferentes siglas. Votes a quien votes, y siempre seguramente ejerciendo un voto de castigo, se aplicará una de las cláusulas del programa del partido único, el partido real, el partido oligárquico de los banqueros y especuladores. El liberalismo equivale, en definitiva, a la dictadura de una «minoría»: la oligarquía financiera judeo-cristiana y sionista, la cual trae bajo el brazo su propio proyecto cultural globalista y supremacista procedente de la Biblia.
LA BATALLA CULTURAL EN CIERNES SOBRE LA NATURALEZA E IDEOLOGÍA DEL SISTEMA OLIGÁRQUICO OCCIDENTAL
EL CULEBRÓN NUESTRO DE CADA DÍA
¿Estamos sosteniendo que no existe enfrentamiento real y que todos los políticos representan sólo un papel previamente pactado entre ellos?
No.
Sostenemos que todos los políticos institucionales han llegado a serlo porque conocen las «líneas rojas» que no pueden pisar y rigen su actuación.
Pero nadie reparte los libretos. El «político» de «éxito» sabe aprenderlos o fracasa: simplemente no será conocido. El enfrentamiento real consiste única y exclusivamente en una pelea innoble por el «reparto del pastel» (poder y riqueza). Cualquier político que rechazara representar el papel asignado, romper el guión —subyacente— y «decir la verdad», sería automáticamente expulsado del sistema oligárquico mediante un «escándalo» o, incluso, el asesinato (un «accidente» fortuito y oportuno). El sistema selecciona a los actores en función de sus deméritos morales (objeto de posible chantaje o defenestración, véanse los archivos Epstein) y desconfía de los políticos que, por su capacidad intelectual o profesional y honestidad ética, puedan representar una amenaza para el proyecto oligárquico («la profecía» supremacista). Una vez pre-seleccionados y situados, por la razón que fuere, en la posición X que les corresponda, no ya sólo los políticos, sino también los jueces o los periodistas, entre otros «actores sociales», como en un concurso televisivo conocen de antemano las normas implícitas que rigen la representación, de las que esperan obtener el mayor provecho. La política es, en este contexto, un «sálvese quien pueda» donde servir a la oligarquía financiera judía, por acción u omisión, constituye el único «mérito». El culebrón cotidiano de los medios de comunicación, alimentado por jueces, políticos, periodistas, policías, tertulianos, sindicalistas e intelectuales debe reproducir la falacia de una política real, de un enfrentamiento «político» que no existe y donde incluso «el nazi» de turno sabe lo que «tiene que decir» si espera «aparecer en la televisión» y ganarse así su miserable minuto de gloria. Importante es que toda esta escenificación opere para la ocultación la política real, antidemocrática, es decir, las decisiones inexorables de la oligarquía que se van cumpliendo cada hora, mientras la gente, las víctimas de esa política, permanece embelesada y atenta a las últimas noticias de los opinadores de la red, al último «bombazo», al último video «urgente», etcétera.
Un ejemplo perfecto de esta situación sería, en el momento de escribir las presentes líneas, el juez Juan Carlos Peinado García, promotor de un auténtica persecución judicial contra la esposa del presidente del gobierno, Begoña Gómez. Tan evidente es el abuso, que ayer, incluso a una tertuliana del primer canal se le ha ocurrido decir —sonó la flauta por casualidad— que la actuación de Peinado es tan exageradamente sesgada e injusta que terminará favoreciendo a Pedro Sánchez. Un momento de luz en medio del ruido que nadie desarrolló, obviamente, como clave interpretativa de los acontecimientos. Pero la psicología inversa consiste en eso. Todos los excesos del «fascista» Peinado tienen como objeto promover la legitimación de Pedro Sánchez por parte de «su» electorado de izquierdas. Sánchez no será «progresista» por sus políticas reales, por su oposición, verbi gratia, al Estado de Israel más allá de las buenas palabras —¡¡¡a estas alturas ni siquiera expulsó al embajador del país genocida!!!—, sino por las orgías de odio que la extrema derecha le dedica. Un espectáculo que, en el caso del juez Peinado, está claramente sobreactuado, hasta el ridículo, pero no mucho más que las infantiles mentiras de Ayuso o las consignas «neonazis» de Núcleo Nacional. Los abusos judiciales de Peinado son tan evidentes, tan burdos, que la gente debería preguntarse cuál es su verdadera finalidad. Así las cosas, eso significaría ir más allá de las apariencias y empezar a pensar. Para la izquierda, resulta mucho más cómodo «comprar» esas apariencias y explotar el discurso contra un juez «fascista» homologable a los patéticos «neonazis»-Hollywood de NN. Para el electorado de derechas, Sánchez encarna nada menos que la figura de un masón satánico que sirve al «transhumanismo» ateo de las élites progres. Cualquier cosa que Peinado le haga a la mujer de Sánchez estaría, para la derecha, más que justificada y todavía se quedaría corta si tenemos en cuenta las tenidas nocturnas de magia negra celebradas en La Moncloa. En consecuencia, la derecha conserva un electorado bíblico sediento de fanatismo y la izquierda la certeza de su «superioridad moral» ante las fechorías de los «nazis». Resultado: el pueblo español dividido y enfrentado por puras imbecilidades: a las puertas de lo que parece una nueva guerra civil.
Jolgorio en la logia oligárquica.

POLARIZACIÓN, DIVISIÓN Y EXTINCIÓN DE LA COMUNIDAD NACIONAL
Conceder derechos antójase muy progresista. Pero el correlato de un derecho es una obligación. Derechos para unos significa obligación para otros. Y la oligarquía no «da» nada que no cargue a la postre en la cuenta de terceros. La palabra «libertad» tiene trampa. Se «libera» a los grupos y se fomenta el empoderamiento del «individuo» (para que actúe desde pautas completamente egoístas) con la concesión de derechos, pero, curiosamente, el resultado es un enfrentamiento cada vez más violento. El marido repudiado duerme en una camioneta, pero sigue pagando puntualmente la pensión y el alquiler del piso donde la ex mujer convive con su amante y sus hijos. Un día, la mujer es asesinada. Los inmigrantes islámicos reciben ayudas sociales que se les niegan a los autóctonos. Un día la mezquita del barrio aparece quemada. No por casualidad. ¿Vamos a acusar a la administración «progresista» que se ha limitado a actuar solidariamente en defensa de «los derechos de la mujer» o de los «inmigrantes» (minoría protegida)? Pero ¿y si la verdadera finalidad en la concesión de esos «derechos» fuera precisamente el asesinato del la ex mujer o el ataque a la mezquita? Para la oligarquía financiera, la política consiste en generar conflictos de todo tipo —o envenenar y agradar los ya existentes— que impidan la unión de sus víctimas contra el poder oligárquico: divisionismo, divide et impera, cuya máxima expresión es la cultura liberal del individualismo, la política de minorías que desemboca necesariamente en la fragmentación de la comunidad nacional y, de hecho, en su desaparición pura y simple dentro del magma caótico y relativista del «multiculturalismo».
En España (y otros países de Europa), la situación de sometimiento es doble: por una parte, al poder oligárquico en cuanto tal, encarnado por la oligarquía local de oriundez franquista; por otra, el sometimiento de la nación española a la potencia hegemónica (los EEUU y sus aliados anglosajones). Dominación nacional y social. Pérdida de la soberanía nacional y, en consecuencia, de la soberanía popular, porque allí donde la soberanía nacional ha sido rendida, no puede existir democracia alguna. El pueblo español vive dentro de una burbuja de mentiras cuidadosamente producidas por los medios de comunicación, la cultura de masas y los políticos oligárquicos. Entre la oligarquía y el pueblo trabajador se levanta un muro de desinformación que convierte a las masas consumistas, literalmente, en idiotas. La nación española ha desaparecido como «sujeto de la historia». Su extinción física, suplantada por el mosaico cosmopolita de «minorías», es sólo cuestión de tiempo. España ya no es España, sino Sefarad. Se cumplió la venganza histórica por 1492, pero la humillación llega hasta tal extremo que los españoles ni siquiera nos hemos enterado. El gran ensayo fue el 11-M: un ataque y un crimen de guerra perpetrado con total impunidad por los EEUU con la complicidad de Aznar; que los españoles no sólo desconocen, sino que olvidaron hace décadas. Más importante que la verdad sobre el 11-M —y los 200 compatriotas asesinados— es «ser feliz» bebiendo una cerveza en la terraza de un bar.
Ahora bien, si este proceso de despojo y fragmentación no termina siendo iluminado por una fuerza política nacional-revolucionaria, los españoles estaremos cada vez más divididos, la polarización será mayor y, tarde o temprano, el proceso oligárquico desembocará en violencia, pues no otro es su objeto. Estamos ante la silenciosa extinción física de España, pero seremos nosotros mismos quienes nos asesinaremos unos a otros.
Por todo ello, es menester despertar.
Tenemos el deber de promover reivindicaciones que identifiquen al enemigo (la oligarquía) y unan a la población contra las encarnaciones visibles y concretas tanto del poder oligárquico (BlackRock) cuanto de la potencia hegemónica (EEUU).
https://www.marca-hispanica.eu/
https://www.marca-hispanica.eu/manifiesto
Pedro Sánchez puede, sí, ser cuestionado, pero no por las falacias que inventa la derecha, sino por motivos reales que, curiosamente, la derecha siempre omite. Por ejemplo, su complicidad en el genocidio del pueblo palestino. Esos motivos genuinamente políticos permitirían recuperar una acción social unitaria del pueblo español ordenada (a) a restaurar la soberanía nacional y, desde ahí, (b) a la refundación del sistema democrático, más allá del liberalismo, como poder real («pueblo en armas») de las mayorías trabajadoras de la nación.
Quienes identifican al enemigo absoluto con: «los fachas», «los rojos», «Rusia», «Marruecos», el «transhumanismo satánico», «China», las «élites progres», el «fascismo», el «social-comunismo», los «inmigrantes», el «machismo», el «islam», las «feminazis», los «illuminati», la «nobleza negra» incluso «los judíos» —o cualquier otro infundio— omitiendo señalar 1/ a los EEUU/GB (+ ex colonias británicas), 2/ a la oligarquía financiera judeo-sionista (Wall Street, City de Londres, BlackRock, Vanguard…) y 3/ al Estado de Israel + sionismo internacional en general (las tres personas en una), contribuyen con su idiotez a la confusión reinante, al divisionismo y al proceso de descomposición de la nación española.
Ahora bien, una vez que la imbecilidad de la burbuja mediático-cultural ha sido ilustrada y el engañado dispone de toda la información, si persiste en creer y difundir la mentira, entonces lo suyo ya no es idiotez, sino traición.
Jaume Farrerons PhD
Figueres, la Marca Hispànica, 23 de junio de 2026.
LAS MENTIRAS DE PABLO IGLESIAS O EL COLAPSO INTELECTUAL DE LA IZQUIERDA



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