PARA COMPRENDER POR QUÉ INTRA NO PUEDE SER UN PARTIDO CATÓLICO. El autor, Ángel García Hernando, es secretario de la Izquierda Nacional de los Trabajadores (INTRA) y responsable del área de juventud de marca-hispanica.eu. El texto constituye un artículo de divulgación que forma parte del debate cultural inherente al proyecto audiovisual marca-hispanica.eu, donde cabe promover ideas de este signo, pero también del signo contrario siempre que se respeten las normas del CDI. En consecuencia, este artículo no forma parte de los documentos oficiales del partido INTRA, el cual, como sabemos, se declara neutral en materia religiosa. Sin embargo, Cristianismo: el Caballo de Troya judío sí ayuda a comprender por qué la Izquierda Nacional de los Trabajadores (INTRA) evita concebirse como un partido católico o confesional.

CRISTIANISMO: EL CABALLO DE TROYA JUDÍO

Ángel García Hernando

El diagnóstico

  1. El Cristianismo como Freno de la Civilización: El Milenio Perdido

Cuando el cristianismo se impuso como religión de Estado en el Imperio Romano, no fue un simple cambio de culto. Fue una lobotomía cultural. Lo que hizo fue inyectar un virus mental oriental en el corazón de la civilización más avanzada que el mundo había conocido.

La Aniquilación del Saber Clásico: El espíritu grecorromano, con su énfasis en la razón, la filosofía, la ciencia empírica y el debate abierto, fue reemplazado por el dogma, la fe ciega y la teología. Se quemaron bibliotecas como la de Alejandría, se cerraron escuelas filosóficas como la de Atenas, se persiguió a pensadores como Hipatia. El método científico, que ya estaba naciendo en el mundo helenístico, fue abortado y Europa se sumió en una Edad Oscura de mil años. El Renacimiento no fue un progreso, fue una recuperación parcial de lo que habíamos perdido, un intento desesperado de volver al camino que nos habían robado. Imagínese dónde estaría hoy Europa si, en lugar de pasar mil años debatiendo el sexo de los ángeles, hubiéramos dedicado ese tiempo a continuar el trabajo de Arquímedes, Eratóstenes o Galeno. No hubiéramos necesitado esperar hasta el siglo XVII para tener nuestra revolución científica; la habríamos tenido en el siglo VI.

La Erosión del Estado de Derecho: El concepto romano del Derecho, basado en la razón y en la ciudadanía, fue suplantado por una moral teocrática. La justicia ya no emanaba del pueblo y el Senado, sino de la voluntad de Dios, interpretada, por supuesto, por su clero. Se introdujo el concepto del «pecado» en la esfera legal, confundiendo delito con falta moral y abriendo la puerta a persecuciones tan atroces como la Inquisición.

  1. La Caída del Imperio Romano: El Asesinato desde Dentro

Culpar únicamente a las invasiones bárbaras de la caída de Roma es el relato de los simplistas. El Imperio no cayó, se pudrió desde dentro. Y el agente corrosivo fue la ideología cristiana. Como documentó Gibbon, su mensaje pacifista y anti-mundano desarmó espiritualmente a Roma.

¿Cómo iba a sostener sus legiones una sociedad a la que se le decía que era mejor ofrecer la otra mejilla que defender las fronteras? ¿Cómo iba a mantener su cohesión cívica un pueblo al que se le predicaba que su verdadera patria no era Roma, sino un «reino celestial»? El cristianismo funcionó como una ideología de deserción masiva, disolviendo la lealtad al Estado y reemplazándola por una lealtad a una comunidad universal de creyentes que trascendía —y por tanto, debilitaba— toda identidad nacional o imperial. Los bárbaros no conquistaron un imperio vigoroso; simplemente empujaron los muros de una fortaleza que ya se había derrumbado por dentro.

  1. El Capitalismo y el Dinero-Dios: La Venganza de Judea

Y aquí llegamos al acto final y más trágico de esta historia. Cuando Europa intentó liberarse del yugo teocrático con la Ilustración y la secularización, no se percató de que estaba cayendo en una trampa aún más sutil. Secularizó las estructuras, pero no la moral fundamental judeocristiana.

El Origen del Individuo y el Egoísmo Sagrado: El concepto grecorromano era el del ciudadano, cuya identidad y virtud estaban inextricablemente ligadas al bien de su comunidad (la polis, la res publica). El cristianismo destruyó esto e introdujo una idea radicalmente nueva y tóxica: la del individuo, cuya única y verdadera preocupación es la salvación de su propia y única alma inmortal.

Del Alma a la Billetera: Cuando esta idea se seculariza, sobre todo a través del protestantismo, como brillantemente analizó Max Weber, el anhelo de salvación individual no desaparece; se transmuta. La señal de la elección divina, de la futura salvación, ya no se busca en la piedad o en los milagros, sino en el éxito material. El enriquecimiento se convierte en una vocación, una prueba de la bendición de Dios. Y así nace el espíritu del capitalismo. Es, como lo diagnosticó Marx (y en esto no se equivocó), el judaísmo hecho universal: una sociedad donde todas las relaciones humanas son reducidas a transacciones económicas, donde el dinero se convierte en el «celoso dios de Israel ante el cual no puede prevalecer ningún otro».

Lo que tenemos hoy —un globalismo depredador, un individualismo atomizador, una sociedad donde todo tiene un precio y nada tiene valor— no es un accidente. Es la conclusión lógica y secularizada del proyecto moral judeocristiano. Hemos sustituido a Dios por el Dinero, a los sacerdotes por los banqueros, el paraíso celestial por el consumo ilimitado. Pero la matriz, esa obsesión por el interés egoísta individual por encima del bien colectivo, es exactamente la misma.

Toma de acción

No basta con el diagnóstico; la crítica sin una propuesta de acción es estéril. Tras demoler el viejo y podrido edificio de las mentiras judeocristianas y sus derivados liberales y marxistas, estamos moralmente obligados a plantear las bases para la construcción de una nueva Europa. No se trata de volver al pasado con un romanticismo ingenuo, sino de reactivar sus principios eternos y proyectarlos hacia el futuro.

Mi propuesta para recuperar la Verdadera Europa no es un simple programa político de diez puntos, sino una revolución integral del espíritu, la cultura y el poder. Se articula en tres grandes ejes interconectados, que debemos acometer simultáneamente, desde la base social hasta la cima del Estado.

  1. La Revolución Espiritual: Forjar al Nuevo Hombre Europeo

Todo cambio duradero empieza en el alma. Estamos infectados por dos milenios de una moral de esclavos. Debemos erradicarla y forjar una nueva aristocracia del espíritu.

Abolir la Noción de Pecado; Restaurar el Honor: Debemos extirpar de nuestra cultura la idea de una culpa inherente. El hombre europeo no nace pecador, nace para la grandeza o la noble caída. Nuestro código ético no debe ser la humildad y el arrepentimiento, sino el Honor. El honor como lealtad a la palabra dada, como responsabilidad por los propios actos y como un insobornable sentido de la dignidad personal y colectiva. Esto debe inculcarse desde la escuela, reemplazando la catequesis por una formación en el carácter, en las virtudes cívicas y en la ética heroica de nuestros ancestros.

Del Individuo-Átomo al Ciudadano-Comunidad: La obsesión por el yo individual y su felicidad —esa herencia cristiana— es el cáncer de nuestra sociedad. Hay que reemplazarlo por el ideal grecorromano del Ciudadano. El nuevo europeo no se preguntará «¿qué puede hacer la comunidad por mí?», sino «¿qué puedo hacer yo para contribuir a la grandeza de mi comunidad?». Su realización personal no provendrá del consumo o la auto-gratificación, sino del servicio a un fin más grande que él mismo: su familia, su comunidad, su nación.

Restauración del Ethos Trágico: Debemos recuperar lo que Nietzsche llamó el Amor Fati: el amor al destino. Hay que educar a nuestra juventud no para evitar el sufrimiento, sino para afrontar la adversidad con coraje y ver en la lucha una oportunidad para forjar el carácter. Debemos reintroducir la tragedia en nuestro arte y en nuestra educación como antídoto al hedonismo superficial, recordándonos que las mayores verdades de la vida se revelan en el enfrentamiento con el límite, el dolor y la muerte.

  1. La Revolución Cultural y Política: Construir el Estado-Nación Orgánico

El alma necesita un cuerpo, y ese cuerpo es un Estado soberano que sirva a los intereses de la nación, y no a los de una oligarquía globalista.

Soberanía Absoluta e Innegociable: El primer paso es una Declaración de Independencia Continental. Esto implica la salida inmediata de la OTAN, la expulsión de todas las bases militares extranjeras de nuestro suelo y el rechazo de toda soberanía supranacional que no emane de un libre acuerdo entre naciones europeas iguales. La UE, en su forma actual de monstruo burocrático y neoliberal, debe ser desmantelada o refundada desde cero como una confederación de patrias soberanas.

Del Liberalismo y el Marxismo a la Tercera Posición: Económicamente, debemos trascender la falsa dicotomía entre capitalismo financiero y socialismo estatal. Proponemos un modelo de socialismo nacional, una economía mixta y orgánica:

Nacionalización de los sectores estratégicos: Banca, energía, transportes, comunicaciones y defensa deben estar bajo control del Estado para servir al interés nacional, no al beneficio privado de unos pocos.

Protección de la Propiedad Privada y la Iniciativa Productiva: Fomentar un tejido de pequeñas y medianas empresas familiares y cooperativas, que son la verdadera columna vertebral de una economía sana. El mercado debe ser una herramienta al servicio de la nación, no la nación un recurso al servicio del mercado.

Autarquía Continental: Debemos aspirar a la máxima autosuficiencia europea en alimentación, energía e industria, rompiendo la dependencia de cadenas de suministro globales controladas por nuestros enemigos.

Democracia Orgánica vs. Democracia Liberal: Hay que reemplazar la partidocracia corrupta y liberal, basada en el individuo atomizado, por una democracia orgánica y participativa. El parlamento debe representar no solo a individuos, sino a los cuerpos vivos de la nación: familias, municipios, gremios, sindicatos de trabajadores y empresarios, universidades. Se trata de un poder que asciende desde la base, arraigado en la realidad social y laboral, no de élites profesionales que viven de la política.

III. La Revolución Biopolítica: Salvaguardar Nuestro Futuro Existencial

Una nación sin pueblo es solo un trozo de tierra en un mapa. Y un pueblo sin vitalidad demográfica está condenado a la extinción.

Repatriación y Fronteras Selladas: No hay solución posible sin antes detener y revertir la inmigración masiva. Esto no es odio, es supervivencia. Implica el sellado absoluto de nuestras fronteras exteriores y la implementación de programas a gran escala de repatriación humanitaria (*) pero firme de aquellos que no comparten nuestro linaje cultural y biológico. Europa es y debe seguir siendo el hogar de los pueblos europeos.

Una Política Pronatalista Radical: El Estado debe poner a la familia en el centro absoluto de todas sus políticas. No la «diversidad de familias», sino la unión sagrada y productiva entre un hombre y una mujer europeos. Esto requiere medidas revolucionarias: subsidios masivos a la natalidad, viviendas asequibles para jóvenes familias, prioridad fiscal, social y laboral para las madres y padres europeos, y una campaña cultural incesante que vuelva a prestigiar la maternidad como el mayor servicio a la nación.

Este es un proyecto para titanes, no para tibios. Es un camino arduo que exigirá sacrificios y nos granjeará el odio de todos los poderes decadentes de este mundo. Pero es el único camino. Todo lo demás es colaborar, conscientemente o no, con nuestra propia disolución. Tenemos que elegir entre ser los cómodos últimos hombres de una civilización en ruinas o los aguerridos primeros hombres de una Europa renacida. Yo ya he elegido mi bando.

Ángel García Hernando, secretario de INTRA, 30 de octubre de 2025

*El partido elaborará un documento sobre la remigración basado en la idea de que los inmigrantes deben recuperar su propia nación, promover un nacionalismo identitario y combatir como aliados nuestros, y no como enemigos, en la lucha contra la oligarquía (Nota de INTRA). 

RAÍCES JUDEOCRISTIANAS DEL LIBERALISMO GLOBALISTA

Principios, normas y valores de esta publicación

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