La Federación de Comercio, confabulada con el senador Palpatine, perpetra un golpe de Estado legitimado en una supuesta amenaza inexistente.

ESCENIFICACIÓN MEDIÁTICA DE LAS BONDADES OCCIDENTALES QUE CONTRIBUYA A LEGITIMAR ANTE LA OPINIÓN PÚBLICA FUTURAS INTERVENCIONES HUMANITARIAS. La historia contemporánea puede reducirse a la sucesiva neutralización de competidores o enemigos de la oligarquía financiera judeo-cristiana occidental. El gran juego por la dominación mundial comenzó a principios del siglo XX con Alemania, a cuyo sometimiento y vasallaje dedicaron los oligarcas nada menos que dos guerras mundiales. (Ahora ya no hay más «Alemania», Deutschland, sino Asquenaz, entidad finiquitadora de todo lo alemán excepción hecha de su capacidad productiva). Tras la caída de Alemania (1945) y una Guerra Fría de cuarenta años, implosionó Rusia (1989). Con el poder estatal ruso se esfuma también el comunismo en cuanto postrera alternativa laica y modernista —la anterior fue el fascismo o «socialismo nacional»— al capitalismo liberal. Rusia es en la actualidad una potencia militar escudada en sus armas nucleares, pero con un PIB que no supera en demasía al de España y que, en el concierto internacional, representa el papel de pseudo disidencia geoestratégica sparring. Reducida en consecuencia Rusia a proporciones controlables, le tocaba el turno a China, víctima ya antes del virus de Wuhan (2019) de varios ataques estadounidenses con armas biológicas. China es hogaño el objeto principal de las agencias periodísticas occidentales —todas ellas de propiedad judía— dedicadas a la manufacturación de la xenofobia. Sin embargo, en este punto hay que hacer memoria.

Bandera de Estado Islámico.

LA INVENCIÓN DE LA AMENAZA FANTASMA

Entre los lejanos tiempos de la co-hegemonía rusa y los actuales de China experimentamos con fruición la hegemonía unipolar oligárquica (1989-2008). Un período histórico ayuno de verdaderos adversarios que amagaba con oxidar el complejo militar-industrial anglosajón. Entonces, la auténtica amenaza para la oligarquía era precisamente la ausencia de enemigos y la intolerable posibilidad de… la paz. Así que fue menester fabricar al adversario, inventarse una amenaza fantasma que permitiera, de paso, aniquilar ciertos países molestos para Israel, el sujeto oculto de la agenda bíblico-plutocrática. Así que, de la noche a la mañana, apareció el celebérrimo peligro islámico. El (auto) atentado del 11-S (2001) constituye el inicio de esa nueva era desvergonzadamente sionista que terminaría su ciclo con el ataque, la desmembración o la destrucción de Líbano (2006), Irak (2003), Libia (2011) y Siria (2011). Todo ello en único y exclusivo beneficio del Estado de Israel.

Aznar con Bush y Blair en las Azores gozando de su «poder».

Afganistán es hoy una reliquia de los remotos caminos conducentes a esos crímenes de lesa humanidad. El yihadismo, en efecto, fue fundado en Afganistán por los servicios de inteligencia occidentales como instrumento bélico contra Rusia y el comunismo ateo. Y sólo luego reutilizado para los fines expuestos. Conviene, por tanto, subrayar que el exterminio sistemático de los árabes y de los musulmanes a manos de la oligarquía occidental (EEUU/Reino Unido/Israel) se gestó, de alguna manera, en Afganistán. Afganistán fue también el primer país atacado por Occidente tras la impostura del 11-S. Pero tanto los mujaidines anticomunistas y, más tarde, los talibanes integristas, cuanto Al-Qaeda y Estado Islámico (entre otras bandas asesinas de similar jaez), son creaciones de Occidente producidas con la cooperación necesaria de Arabia Saudí. A la criminal dictadura teocrática saudí conducen efectivamente todas las pistas del mal llamado «terrorismo islámico». En su presunta «lucha contra el terrorismo», Occidente no ha «intervenido» empero nunca este país, epicentro del wahabismo y del salafismo, es decir, el meollo ideológico del islamismo radical yihadista y, al mismo tiempo, el más fiel vasallo de Washington y Londres en la zona. Antes bien, los aliados occidentales han atacado Estados laicos que nada tenían que ver con el fundamentalismo islamista y, mucho menos, con la matanza de las Torres Gemelas, pero jamás le tocaron un pelo a Arabia Saudí. Tanto es así, que los criminales sionistas tuvieron que inventar un nuevo fraude añadido al 11-S, a saber, el de las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein, para justificar ante la opinión pública occidental la destrucción de la nación iraquí. Unos años después, los mercenarios oligárquicos de Estado Islámico y Al Qaeda adoctrinados y financiados por la pocilga saudí arrasaron Siria y destruyeron otro régimen laico, la dictadura de Gadaffi, casualmente el Estado socialmente más desarrollado de África.

Tony Blair, uno de los carniceros de Irak, con kipá en una ceremonia judía.

La retirada estadounidense de Afganistán constituye, en definitiva, el final de una época miserable de mentiras, crímenes de guerra y genocidios buenistas. El reiterado autobombo mediático que observamos con asco tiene como finalidad escenificar las excelencias liberales de la oligarquía occidental y acrecentar el deseo y la legitimidad de futuras guerras humanitarias. Siempre, claro, con la mirada puesta en nuestro enemigo, China, el nuevo «eje del mal».

Figueres, la Marca Hispànica, 26 de agosto de 2021.

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